Mostrando entradas con la etiqueta paternidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta paternidad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de agosto de 2020

La culpa: No es buena compañera

        Para algunos la maternidad comienza cuando el bebé nace, pero yo pienso que comienza en el instante que sabes que otra persona está siendo formada dentro de ti, porque desde ese momento muchas cosas comienzan a cambiar (no sólo físicamente), comenzamos a pensar cómo alimentarnos mejor para que el bebé nazca sano, hay algunas medicinas que no podemos tomar y algunas actividades que no podemos hacer o en las que debemos ser más cuidadosas.

Marcela en la panza. Nuestras ilusiones en su máxima expresión 


     Pero, es una realidad que el cambio más radical ocurre una vez que el bebé nace. Todo se hace más intenso. Descubrimos un amor diferente y profundo que no conocíamos. Sin embargo, rápidamente caemos en cuenta que estamos muy lejos de esa idealización cultural de la maternidad (y paternidad): No somos esa madre perfecta, cuya lactancia se le dio bien desde el inicio, que no “necesitó” ayuda, que tiene la casa inmaculada, que se maquilla y se hace manicure y cuyo bebé está siempre perfecto y hermoso. Pronto nos damos cuenta que esta tarea no es tan natural, sencilla e instintiva como pensamos. 

La realidad puede ser mejor que nuestra idealización de la maternidad. Es más sana y menos opresiva. 


    Es cuando, injustamente, comenzamos a compararnos con ese ideal inexistente en la realidad que aparece la culpa, una compañera totalmente perversa que puede arruinar nuestro viaje por la vida, no sólo en la maternidad. Tal vez estás pensando: No, yo no tengo problemas con la culpa. ¿Estás seguro? Observa esta lista con cuidado:

·         ¿Cualquier opinión o crítica te afecta?

·         ¿Magnificas o exageras todo?

·         ¿Ves errores donde los demás ven aprendizaje?

·         ¿Te disculpas constantemente?

·         ¿Sientes la obligación de satisfacer a los demás?

·         ¿Es difícil para ti decir que NO?

·         ¿Tiendes a callarte si algo te molesta?

·         ¿Tienes miedo a hacerle daño a los demás o a su rechazo?

·         ¿Tienes miedo de ser abandonado?

Esas son algunas de las manifestaciones cuando una persona está lidiando con sentimientos de culpa recurrentes. ¿Conoces a alguna mamá o papá que no haya sentido culpa? Tal vez no lo admita públicamente, pero creo que es algo con lo que todos los padres luchamos en este viaje. Sin embargo, tenemos que ser muy cuidadosos con ese sentimiento porque él puede arruinar nuestra caminata convirtiéndose en una pesada carga. 

Cuando la culpa aparece y no sabemos lidiar con ella, se convierte en un problema porque distorsiona la forma como nos vemos, nos evaluamos y nos valoramos s a nosotros mismos. Es muy nociva porque se convierte en un juez interno que está continuamente comparándonos con otras personas o con algunas idealizaciones que nosotros mismos hemos construido respecto a la tarea que llevamos a cabo, y en esas comparaciones siempre salimos perdiendo haciendo que el concepto que tenemos de nosotros mismos se deteriore poco a poco y, además la culpa no viaja sola. Ella está siempre acompañada por la tristeza, la frustración, impotencia y remordimientos. ¡Lindos compañeros de viaje!

Yo recuerdo que cuando Marcela tenía casi seis meses tuvimos que hacer un viaje muy largo hasta la ciudad de Armenia, en Colombia. El viaje fue por tierra y para no hacerlo directo que sería muy largo y cansativo, paramos para descansar en la ciudad de Cúcuta, pues ahí Marcela se enfermó, tenía mucha tos, estornudaba demasiado, hasta le dio fiebre. Después de tres días con la bebé enferma, comenzaron las dudas y los miedos ¿Por qué tuvimos que hacer este viaje? ¿Si estuviésemos en casa la bebé hubiese enfermado igual? ¿Si empeora qué vamos a hacer, si estamos en otro país? Seguimos nuestro camino, de hecho tuvimos que llevar la bebé al médico después que pasó una noche entera llorando (los que tienen hijos saben que el llanto puede llegar a desesperar). Esa noche la culpa asaltó mi mente y me tomó desprevenida: “Si nos hubiésemos quedado en casa, esto no estaría pasando. Es tu culpa que Marcela esté así, no debimos haber venido. Si le pasa algo peor tú serás la culpable”. Esos pensamientos eran muy fuertes y persistentes. Eran un tormento, en realidad. Gracias a Dios, Marcela comenzó a mejorar rápido y esos sentimientos se disiparon.

Seguramente ya lo has vivido, incluso si no eres padre. Cuando las cosas no siguen la ruta planeada, tratamos de encontrar dónde estuvo el error, y generalmente lo encontramos en nosotros mismos, y ahí es donde comienza la batalla.

Obviamente, no estoy hablando de llevar la vida con la filosofía de: “Cómo vaya viniendo vamos viendo”, o con un conformismo absoluto. Está bien plantearnos metas y objetivos y perseguirlos. Pero entonces, cuando algo sale de los planes perfectos que hicimos qué podemos hacer cuando la culpa nos asalte (ella va a venir, eso es seguro), cómo lidiar con esa desagradable visitante que quiere venir a instalarse en nuestra vida como residente permanente.

La culpa cuando es sana y se mantiene bajo control sirve para ayudarnos a darnos cuenta de un error cometido y a reparar el daño causado. El problema comienza cuando esa señora se manifiesta con excesiva frecuencia o intensidad porque pierde su función correctiva y pasa a ser una molestia.

Entonces, es muy importante cuando sentimos culpa, evaluar la situación e intentar aplicar la lógica y el sentido común (que a veces no es tan común). Retomando el ejemplo que coloqué antes, cuando Marcela se enfermó durante el viaje, es bastante obvio que carece de toda lógica cargar con culpa porque Marcela pegó un virus durante el viaje. Es algo que está fuera de mi control, además de que otras veces también se ha engripado estando en casa, entonces así puedo ayudarme a mí misma a ver en que no necesito cargar con una culpa que no me pertenece.

Ahora bien, si la evaluación da como resultado que efectivamente me equivoqué. No estuvo bien eso que hice. Está bien. El asunto está en no quedarse en la culpa y pasar a la responsabilidad. El remordimiento y la frustración por el error cometido no van a solucionar nada, pero yo puedo asumir la responsabilidad por el error que cometí, pedir perdón, resarcir, corregir, aprender y continuar. Por ejemplo, un día estábamos en una reunión especial donde se requería silencio, cosa que es casi imposible si tienes una niña de 18 meses, Marcela parecía que tenía demasiada energía ese día, canataba gritaba, quería correr, etc.  Lo cierto es que intenté por todos los medios calmarla sin conseguirlo, hasta que me sentí sobrepasada por la situación y me llevé a Marcela aparte y le hablé muy rudo. Ella obviamente no entendía lo que pasaba, se pudo a llorar, y yo también. La abracé, le pedí perdón por tratarla de esa forma (ojo: no le pegué, pero la traté duramente) y oré a Dios un momento para encontrar calma. Después que eso aconteció, hablé con Leover al respecto, quien estaba ocupado en el momento del episodio, y el acuerdo fue que cuando Marcela estuviera muy inquieta en alguna reunión, yo no iba a insistir en participar, simplemente la iba a tomar y saldría de ahí antes de volver a reaccionar de esa forma. Entonces, en este caso la culpa me asaltó pronto y de hecho me ayudó a ver que había obrado mal, pero en vez de darle largas y quedarme rumiando esos pensamientos, lo que hice fue evaluar la situación y ver de qué manera puedo evitarla en el futuro.

Entonces, ¿Te sientes culpable por tener que ir a trabajar y dejar tu bebé al cuidado de otra persona? ¿Te siente culpable contigo misma por dejar tu carrera para criar a tus hijos? ¿Te sientes culpable por no poder ofrecer a tus hijos todo lo que quisieras? ¿Explotaste y le gritaste a tu hijo? ¿Te sientes culpable por querer tener un día sin hijos? ¿Qué hacer con esa culpa? Intenta evaluar la situación racionalmente, si sientes que la culpa te está indicando algo para corregir, para mejorar, ¡bienvenida sea! Haces los ajustes a los que haya lugar y listo. Aprende a ver los errores como oportunidades para aprender lecciones muy valiosas.

En este punto, todavía conservaba algunos ideales perfeccionistas que he tenido que ir sacando de mi mente poco a poco

Saca de tu mente esa idealización de la madre perfecta, el padre perfecto, el hijo perfecto, etc., porque tal cosa no existe. Si mantienes expectativas idealizadas de ti mismo o de los demás, cualquier error va a ser enjuiciado y sentenciado. Recuerda: Sé amable contigo mismo, perdona tus errores, aprende de ellos y continúa.

La vida es un viaje ¡La culpa no es buena compañera! Hoy es un buen día para desalojarla de nuestras vidas y dar lugar a cosas mejores. 

lunes, 10 de agosto de 2020

¿Cuando fue la última vez que fuiste amable contigo misma?

     Durante nuestra formación, nosotros somos frecuentemente instruidos sobre la necesidad de ser amables, afectuosos y generosos con los demás y demostrar empatía con sus situaciones y sus problemas.  Desde muy pequeños nuestros padres ponen su empeño en que desarrollemos esas habilidades sociales. Sin embargo, la mayoría de las veces se pasa por alto enseñar esas habilidades para ser aplicadas a nosotros mismos, es decir, ser amables, afectuosos y generosos con nosotros, y tener empatía ante nuestras situaciones y nuestros problemas. Lo que resulta es que somos muy autoexigentes, tendemos al perfeccionismo, y nos juzgamos con una dureza con la que no juzgamos a nadie más.


        Si un amigo nuestro comete un error, nosotros estamos ahí para ayudarlo a levantarse y darle palabras de ánimo. Pero si el error es nuestro, no tarda en aparecer el juicio y la recriminación.

       Si un amigo está en una situación en la que las cosas no salieron como lo esperaba, nuestras palabras son de consuelo y abrigo. Pero, si las cosas no nos salen como lo planeamos, incluso lo más inesperado como la muerte y la enfermedad, tendemos a buscar explicaciones que generalmente arrojan una carga pesada de culpa sobre nuestros hombros.

       La autoexigencia, en su justa medida, es buena como gasolina para avanzar hacia nuestros objetivos. Sin embargo, rara vez aparece en su justa medida y por lo contrario suele convertirse en un filtro a través del cual juzgamos todo lo que hacemos y olvidamos lo más obvio: somos seres humanos, y por lo tanto siempre existirán las fallas y los errores.  No necesitamos aparentar que somos super mamás, que podemos con todo en la vida, que no hay nada que nos desborde. Esa actitud es dañina para nosotras (las mamás, y también para todos los demás), además de ser una mentira muy grande. 

     Estas son algunas recomendaciones para comenzar a ser amable contigo misma:

  1. Repite después de mí: La gente se equivoca, ¡eso me incluye a mí! Ser amable contigo mismo no significa que vas a ser mediocre y conformarte, significa que vas a entender que los errores van a aparecer, tal vez no el mismo error, pero mientras estemos en este cuerpo físico vamos a equivocarnos eventualmente. ¿Qué le dices a un amigo tuyo que ha hecho algo errado? ¿Lo tratas con empatía y amor? ¿Qué tal si la próxima vez que te equivoques te tratas a ti mismo con la misma empatía y el mismo amor? Trata de aprender de tus errores y sigue adelante.
  2.         No  ignores tus emociones y sentimientos. Los tuyos son tan válidos como los de los demás. Cuando estés teniendo un mal día, estés enojada(o), te sientas abrumada(o), no intentes suprimir eso que sientes, háblalo con alguien y pide ayuda si pudieres. Ignorar o suprimir los sentimientos no hará que desaparezcan, más bien puede hacer que las cosas empeoren. Cuando las emociones no se gestionan, eventualmente explotarán por algún lado. Tristemente yo también he pasado por esto. Por alguna razón asumimos que no es bueno asumir que estás cansada, que necesitas un break, pero las veces que he retrasado la petición de ayuda, he sido rebasada en los momentos menos oportunos e incluso un par de veces he tratado rudamente a Marcela como consecuencia. Por eso, es mejor pedir ayuda a tiempo que terminar lastimando a otros a nuestro alrededor.
  3.        Renuncia a la necesidad de ser perfecta(o): Esto puede ser una liberación, y te permite en concentrarte en objetivos claros, sin tener que frustrarnos ante el mínimo error. Cuando persistimos en buscar la perfección, gastamos nuestras energías en buscar lo inalcanzable. No existe la mamá perfecta, ni la misionera perfecta, ni la esposa perfecta. Ya te habrás dado cuenta que tú no serás la primera. Ya yo lo asumí.
  4.       Cuida el lenguaje con que te hablas a ti misma(o). ¿Recuerdas la última conversación que tuviste contigo misma(o)? ¿Fuiste amable? ¿O te hablaste como si fueras tu peor enemigo? Estamos tan acostumbrados a ser críticos con nosotros mismos que no pensamos las palabras que nos decimos frente al espejo. Evita las etiquetas y las críticas peyorativas. La próxima vez puedes intentar: “Desearía que esto no hubiera sucedido, pero sucedió. Intentaré aprender las lecciones que pueda y continuaré. La próxima vez lo haré mejor”.
  5.     .  Evita las comparaciones. Además de odiosas, son injustas. Cada persona se enfrenta a circunstancias tan particulares como ella misma, y las enfrenta con las herramientas que tiene a disposición. Por eso, no sirve de nada comparar. Como mamás es muy fácil pensar: El hijo de fulana ya habla y mi hijo apenas dice pá, el hijo de mengano caminó a los 8 meses y mi bebé aún no camina, y así hasta el infinito y más allá. Como misioneros, es igual: ¡Fulano aprendió el idioma en tres meses y yo llevo seis meses y apenas puedo decir algunas cosas! Esas comparaciones nos ponen una presión innecesaria, minan nuestra confianza, no aportan nada positivo y afianzan el pensamiento de que nuestro valor personal está en lo que hacemos y no en lo que somos, lo cual no es cierto.
  6.       Celebra tus victorias. Tendemos a enfatizar los errores, las fallas, etc., pero pasamos por alto lo que sale bien, lo que ganamos. La próxima vez que alcances algún objetivo planteado, ¡celébralo! 
  7.        Hazte un regalo sin sentir culpa: Ve a la peluquería, hazte un pedicure, sal a caminar (¡sola!) y cómete un helado en el camino, consigue una niñera y visita una amiga sólo para conversar, pide ayuda para cuidar al bebé y tener tiempo para orar con tranquilidad, etc., pero sin sentir culpa, no tienes por qué. La culpa no es bienvenida.  

  Como persona, y en todos los roles que hemos de asumir, tendremos buenas épocas y malas épocas. Una mala época no quiere decir que la vida acabó, o dejó de tener sentido. Significa que es un tiempo difícil, que seguramente te ofrecerá grandes lecciones. Mientras pasa la mala racha, enfócate en las pequeñas cosas positivas que pasan a tu alrededor, y sé agradecido por ellas.

¡Celebra las bendiciones! Sonríe
Celebra las bendiciones, y ¡sonríe!

La vida a veces es suficientemente dura como para que nosotros nos tornemos en nuestros enemigos particulares.

No creas ni remotamente que escribo como quien tiene estos asuntos totalmente resueltos. Sigo aprendiendo, hay días en que lo consigo y días en que no. Pero he percibido que cuando soy más amable conmigo misma, soy más paciente y amable con Marcela y con los demás. 

¡No seas nunca más el último ítem de la lista de pendientes! 


domingo, 2 de agosto de 2020

Pastoreando el corazón de tu hijo (Reseña - Spoiler Alert!!!)



Hace muchos meses dejé pendiente el asunto de la disciplina en los hijos. Me dejé atrapar por muchas ocupaciones, pero al final leí el libro e hice una reseña del mismo, la cual compartiré a continuación.


El tema del libro (de Tedd Tripp) es la crianza de los hijos desde un punto de vista bíblico. La cultura de hoy ha reducido la paternidad a simplemente proveer cuidado: comida, ropa, una cama y algo de tiempo de calidad. En contraste con este punto de vista tan débil, el llamado de Dios para los padres es más profundo: A pastorear a los hijos de parte de Dios. Es una tarea penetrante. Ser un padre significa trabajar de parte de Dios para proveer dirección a los hijos. 


No es común que los padres se consideren pastores de sus hijos, sin embargo esa relación de pastoreo describe muy bien la tarea de guiarles en sus descubrimientos acerca de sí mismo, de Dios y de la vida. 


Como el pastor de sus hijos, los padres deben ayudar a sus hijos a entenderse a sí mismos como criaturas hecha por Dios. No es posible mostrarles estas cosas solamente a través de instrucciones; deben guiarlos por un camino de descubrimientos. Deben pastorear sus pensamientos, ayudarlo a aprender el discernimiento y la sabiduría. 


El libro está organizado en dos partes. La primera de ellas está enfocada en los principios bíblicos que fundamentan la crianza de los hijos. La segunda parte es dedicada a la aplicación práctica de estos principios según las diferentes etapas de desarrollo de los hijos. Con respecto a la primera parte, los principios para el pastoreo de los hijos son: 


1. El centro de la vida es el corazón: 


La biblia enseña que el corazón es el centro de control de la vida. El comportamiento de una persona es la expresión del fluir del corazón. Como padres frecuentemente nos desviamos a tratar solo el comportamiento, ya que el comportamiento suele ser molesto. Pero las necesidades de los hijos son mucho más profundas que el comportamiento inadecuado. Su comportamiento revela su corazón. Si de verdad quiere ayudarlo, preocúpese por las actitudes del corazón que originaron su comportamiento. Un cambio de comportamiento sin un cambio en el corazón no es recomendable. Al contrario, ¡es condenable! Esa fue la clase de hipocresía que Jesús condenó en los fariseos. El comportamiento es impulsado por el corazón, por tanto toda disciplina, corrección o entrenamiento - toda la crianza de los hijos - debe dirigirse al corazón.


2. El desarrollo de un niño viene dado por las influencias que lo rodean y por la forma en que reacciona a esa influencia. La Biblia instruye sobre las influencias que moldean la vida de los niños y el efecto que pueden tener en sus vidas: La estructura familiar, los valores familiares, los roles en la familia, la forma en que se resuelven los conflictos en la familia, la respuesta ante el fracaso, etc. Ahora bien, un niño es más que la suma de las influencias que recibe. Él no es un ente pasivo, él reacciona ante esas influencias. Pensar que el niño es receptor pasivo frente a ellas es un error. Incluso, pensar que rodearlo de circunstancias positivas es determinante para que sea una persona de bien es también un error, porque ignora que él también tiene que reaccionar a esas circunstancias. Los niños no son inertes, ellos interactúan con la vida. Su corazón dirige esa interacción. Entonces, los padres además de proveer las mejores influencias para sus hijos debe pastorearlos en orientación hacia Dios. 


3. Los padres fueron delegados por Dios para ejercer autoridad en su familia. La autoridad de los padres en el hogar es una responsabilidad delegada por Dios. Son sus agentes en esa familia en la tarea de promover entrenamiento esencial e instrucción en el Señor. Entonces los padres, también son personas bajo autoridad, es decir, padres e hijos, están bajo la autoridad de Dios; tienen roles diferentes, pero tienen al mismo Dueño. 

        Cuando un padre dirige, corrige o disciplina, no está actuando por su propia voluntad, sino que está actuando de parte de Dios. Los padres deben querer estar al mando. Deben hacerlo de una manera benevolente y con gracia, pero deben ser una autoridad con sus hijos. Los directores están a cargo (al mando). Esto involucra conocerlos y ayudarles a entender los estándares de Dios para la conducta de los hijos. Significa enseñarles que son pecadores por naturaleza. Incluye mostrarles la misericordia y gracia de Dios demostrada en la vida de Cristo y su muerte por los pecadores. La corrección no es mostrar tu enojo por sus ofensas, más bien es recordarles que su comportamiento pecaminoso ofende a Dios. Si la corrección gira alrededor del padre que ha sido ofendido, entonces el enfoque estará en descargar la ira, o quizá, tomar venganza. La función es penal. Sin embargo, si la corrección gira alrededor de Dios como el que ha sido ofendido, entonces el enfoque es la restauración. La función es reparadora. Está diseñada para mover a un niño que ha sido desobediente a Dios de nuevo al camino de la obediencia. Esta es correctiva. 


4. Debido a que el fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de El para siempre, es responsabilidad de los padres crear tal cosmovisión en tus hijos. Todos los seres humanos nacen con una orientación a lo divino. Nadie es neutral, incluso en la niñez. Aunque no tengan conciencia, ellos son adoradores, de Dios o de los ídolos sutiles de su corazón. Por eso, la gran tarea de los padres es pastorearlo como una criatura que adora, dirigiéndolo al único que debe ser adorado. 


5. Los objetivos bíblicos se alcanzarán a través de métodos establecidos en la Biblia. El objetivo es que los hijos glorifiquen a Dios con sus vidas, y eso no se puede lograr a través de métodos no bíblicos que diluyen la autoridad de los padres, o apelan al soborno y la negociación para conseguirlo. Dios ha dado dos métodos para la crianza de niños. Son (1) la comunicación y (2) la vara. Estos métodos deben entretejerse en la práctica. Los padres deben conocer a sus hijos, deben tener una comunicación franca, significativa y abundante con ellos. Pero también necesitan ejercer la autoridad que Dios les dio. La vara funciona para subrayar la importancia de las cosas de las que hablas con ellos. En este punto el autor destaca como de suma importancia que la vara no es instrumento para que los padres descarguen su ira, su rabia e impotencia con sus hijos. No es un medio de pago por los errores. Es medio para la corrección. 

     En la segunda parte del libro, el autor se dedica a aplicar estos principios según cada etapa del desarrollo de los niños, desde la infancia hasta la adolescencia. 


1. La primera etapa es la infancia temprana (hasta los cinco años). Esta etapa se caracteriza por el cambio en todos los aspectos (físico, emocional, intelectual, etc.) durante la cual el objetivo principal en la crianza es que ellos aprendan que son individuos bajo autoridad (delegada por Dios a sus padres). En esta etapa los niños deben aprender que ellos fueron hechos por Dios, Él tiene el derecho de gobernarlos y ellos le deben obediencia. La disciplina en este tiempo está enfocada en contrarrestar la rebeldía innata del corazón de los niños. 


2. La segunda etapa es la niñez (de los 5 hasta los 12 años). Esta etapa se caracteriza por el momento en que los niños comienzan a pasar más tiempo separados de sus padres (por causa de la escuela). Para este momento, el objetivo de la primera etapa debería estar ya alcanzado, para construir sobre ese fundamento. El asunto principal de este período es el desarrollo del carácter. El padre necesita enfocarse en cómo se relaciona su hijo con Dios, consigo mismo y con los demás, encontrar los puntos débiles y trabajar para fortalecerlos. En esta etapa es vital, que los hijos cambien su corazón. El cambio en el corazón comienza con la convicción del pecado. La convicción del pecado viene a través de la conciencia. Los hijos necesitan convencerse que han fallado a Dios y que han quebrantado el pacto. 


3. La tercera etapa es la adolescencia (desde el comienzo de la pubertad hasta el inicio de la etapa universitaria). Los años de adolescencia son años de inseguridad monumental. El adolescente no es ni un niño ni un adulto. No está seguro acerca de cómo actuar. Los adolescentes se sienten vulnerables acerca de todo. Se preocupan por su apariencia. La rebeldía es un asunto común en estos años, sobretodo sino se ha trabajado consistentemente en la obediencia y en el carácter durante las etapas anteriores. A esta edad, poco puede hacer el padre para “por la fuerza” conseguir que sus hijos hagan las cosas. Se consigue más a través de la influencia, pero la influencia se construye poco a poco desde la primera infancia cuando los padres son personas de confianza, cuando la conversación es una práctica común y sana, y cuando los padres son ejemplo de una vida sometida a Dios. 


Conclusión 

    La tarea de ser padres siempre ha sido difícil porque son múltiples factores lo que intervienen, pero en esta época en que vivimos especialmente hay muchas voces fuera de la Biblia tratando de enseñar a los padres cuál es la manera correcta de criar a sus hijos. 

    Por eso, este libro es muy apropiado y necesario para las familias que quieren crecer con base en los principios bíblicos acerca de la crianza de los hijos. El libro es una buena lectura para padres, para hacer juntos – padre y madre -, discutir las preguntas que trae cada capítulo y ponerse de acuerdo en las acciones que tomarán en base a lo aprendido. 

     Llegará el momento en que como padres deben confiar tus hijos a Dios. Cómo terminan dependerá de muchos factores, algunos fuera del control de los padres. Dependerá en la naturaleza del compromiso que los hijos tengan hacia Dios. 






miércoles, 4 de marzo de 2020

¿Los niños aprenden más rápido una segunda lengua?

Esa una creencia muy popular. Me lo han dicho tantas veces: Lo bueno es que Marcela aprenderá más rápido que ustedes el portugués!

En este punto, el llanto era el ruido más producido por Marcela. Sólo tenía unos días de nacida
La verdad es que no es verdad! como muchas de las creencias populares.  No es cierto que los niños pueden aprender una segunda lengua más rápido que sus padres, sobre todo si todavía no han adquirido la primera completamente, como es el caso de Marcela.

Los niños aprenden bien una segunda lengua, de eso no hay dudas. con frecuencia aprenden perfectamente, pero lo hacen rápido? La verdad es que no. Sólo hay que ver cómo aprenden la primera lengua: pasan un período largo en el que casi el único ruido que producen con sus órganos fonadores es el llanto, luego poco a poco comienzan a usar la lengua y los labios para producir diferentes sonidos aislados, sólo están entrenando, pero aún no pueden articular palabras. Cuánto celebramos la primera "palabra"!! En el caso de Marcela fue Pa, refiriéndose a su papá. Debo acotar que está avalado científicamente que la 'p' es el sonido más fácil de articular para los bebés, por eso casi todos dicen primero "pa" que "ma". El sonido 'm' es mucho más difícil de pronunciar para ellos, primero deben descubrir esa cosa llamada velo del paladar y hacer que se separe de su sitio habitual para que el aire salga por la nariz. En fin, esa es la explicación que me digo a mí misma de porqué los bebés dicen "pa" primero. 

Después se suman otros nombres de uso frecuente, como agua, teta, etc. Marcela dice unos pocos verbos, como "dame" (que para ella es lo mismo que "toma"), y dormir (que lo ha usado un par de veces en que estaba realmente agotada y quería irse a dormir voluntariamente). Generalmente, después de los dos años los niños pueden formar una frase que incluya un verbo y un nombre, por ejemplo: Dame agua, quiero manzana, etc., (Marcela aún no ha llegado a ese punto, aunque cuando quiere algo generalmente se da entender a través de señas). Aunque no pueden expresar mucha cosa, es mucho lo que están aprendiendo: vocabulario, sintaxis, reglas fonológicas, etc. Están aprendiendo un idioma. Nunca oiremos a nadie decir (eso espero) a un niño de un año: Ey!! ¿Por qué no puedes hablar? Ya casi en edad prescolar, es que los niños comienzan a comunicar más libremente sus pensamientos, para ese punto ya han pasado cuatro años, y ellos continúan aprendiendo algunos años más hasta ser hablantes competentes de su idioma materno. 


En el caso de un segundo idioma, no van a pasar cuatro años para que un niño pueda hablar porque ya tuvo una primera experiencia, aunque inconsciente, sobre la adquisición de un idioma. 

En cuanto a la diferencia entre los niños y los adultos, hay una serie de factores que intervienen en este proceso:

Al inicio, un adulto, dadas las oportunidades y las condiciones adecuadas, usualmente

aprenderá más rápido que un niño. Los adultos simplemente tenemos más capacidad intelectual, tenemos más experiencia en el aprendizaje y nuestra memoria está más desarrollada. Nosotros, los adultos, requerimos menos repeticiones para aprender algún asunto, y además tenemos conciencia del aprendizaje (eso puede relentizarlo). En la adquisición de otro idioma, está demostrado que mientras más inconsciente, mejor, más rápido y eficiente. Como adultos, tenemos una idea de lo que es "aprender" entonces vamos a clases de idiomas, leemos artículos, practicamos conjugaciones verbales, notamos las diferencias entre un idioma y otro, y todo eso muchas veces en vez de ayudar a acelerar el paso nos hace andar más lento, sin embargo nuestro lento es más rápido que el ritmo de aprendizaje de un niño. 


Los niños por su parte muchas veces, como en el caso de Marcela, no tiene conciencia plena de ese aprendizaje, y por ende es más eficiente, aunque no más rápido. Marcela por ejemplo, ha notado que la gente alrededor habla un idioma diferente al nuestro. Es muy cómico ver cómo ella trata de imitarles pronunciando puras "u", para ella el portugués es un idioma de "us" y es verdad! Su deducción es correcta. ¿Ella está aprendiendo portugués? Sí ¿entontes no aprenderá español? Sí, sí aprenderá español. Aprenderá los dos idiomas a la vez, y eso puede hacer que sea todavía un poco más lento de lo normal, porque su cerebro está procesando información en dos lenguas, "catalogando y archivando". Es rapido? No, ella apenas dice algunas palabras en español, y además de la imitación aún no ha dicho su primera palabra en portugués.

Entonces, los niños no aprenden más rápido, sino que normalmente aprenden mejor, pero esto se debe a que ellos generalmente se hallan bajo condiciones mucho más favorables:
Ellos aprenden de otros niños, y los niños hablan con vocabulario y sintaxis más simple y con más repeticiones, creando así condiciones más favorables para el principiante. En contraste, el adulto tiene que aprender de otros adultos, desafío que puede compararse con chupar agua de la manguera de los bomberos.
Además, ellos están bajo menos presión. Nadie espera que Marcela pueda conversar en portugués. Lógicamente, todos saben que la bebé necesita su tiempo para aprender, algún día podrá hablar portugués. Pero nosotros! Nosotros los adultos somos recibidos por adultos que quieren y esperan poder comunicarse con nosotros a la brevedad posible. De hecho, lo necesitan. Eso produce mucha presión en el aprendiz (es decir nosotros), y esa presión también puede hacer que el proceso sea más lento y/o menos eficiente y agradable!

Por otro lado, psicológicamente los niños tienen más tolerancia a la ambigüedad y a las repeticiones, y a la vez sienten menos la vergüenza. Esto los hace unas verdaderas esponjas. Por el contrario, los adultos somos presa de la vergüenza, y no gustamos tanto de repetir la misma cosa muchas veces. 
Estudios científicos prueban que un niño necesita escuchar una palabra muchísimas veces más para aprenderla que un adulto. Es decir, ellos necesitan más tiempo, pero tal vez por tomarse más tiempo su adquisición es más efectiva.

Cuando un adulto llega a un nuevo lugar se espera que en unas cuantas semanas o tal vez meses, él pueda comunicarse fluidamente con otros adultos. Tal vez es un poco ambicioso, pero así suele funcionar. En cambio, cuando un niño llega a un nuevo lugar donde debe aprender otro idioma, todos saben que algún día va a hablar ese idioma fluidamente, pero esperan sin ejercen presión. El niño aprende a su ritmo, y efectivamente, algún puede hablar.

En cuanto a nosotros, estoy segura de que Marcela será una niña bilingüe porque nosotros en casa sólo hablamos español, oramos en español, cantamos en español. En cuanto al portugués, lo aprenderá de los nativohablantes que están a su alrededor. 



jueves, 26 de septiembre de 2019

La manta de la Esperanza

    Tal vez antes ya he contado un poco sobre lo que significó esperar la llegada de Marcela a nuestras vidas. No me refiero a los nueve meses de espera; ésta vez quiero ir un poco más allá y contar sobre los años que tuvimos que esperar hasta saber que Marcela al fin vendría. Me atrevo a recontar nuestra historia para animar a otras futuras colegas que están en ese mismo proceso de esperar.


     Cuando Leover y yo nos casamos en 2012 ya sabíamos sin dudas que queríamos tener hijos, pero también sabíamos que queríamos esperar un poco; eso de un cambio a la vez nos llevó a aplazar un poco la decisión ya que antes del primer aniversario salimos rumbo a Atabapo, y una vez allá, las carencias en los servicios de salud del pueblo nos intimidaron un poco así que seguimos esperando. 

     Recuerdo que en Octubre de 2014, estando en Atabapo, un pastor cercano y su esposa tuvieron un bebé. Cuando lo conocí y lo cargué, tan tierno, tan lindo, tan suavecito, supe que había llegado el tiempo: ¡quería tener un hijo!  Ese día se despertó en mí ese anhelo, y un par de meses después de hablarlo con Leover, dejamos de usar las pastillas y comenzamos a esperar.

Este pequeño es Óscar Josué, quien nos animó a ser papás. Una belleza. Hoy debe tener cinco años

    Los primeros meses esperaba a mi amiga mensual con la esperanza de que no llegara. Lo sé, es una contradicción esperar algo que no quieres que llegue, pero así funciona. Tal vez pasaron unos seis meses para que nos diéramos cuenta de que no iba a ser tan sencillo, o tan rápido como hubiésemos querido o esperado al principio. 

    Fuimos al médico para descartar algún problema de salud. Invertimos una buena cantidad de dinero en exámenes, pruebas y consultas. La conclusión de todo ese proceso fue que no había nada en nuestros cuerpos que nos impidiera concebir, todo estaba funcionando como debía. Cualquiera pensaría que eso nos daría tranquilidad, pero a mí me puso muy ansiosa. Si hubiese algún problema, podríamos "arreglarlo"; pero al no haber ninguno, debíamos esperar. 

     Esperar? Eso era lo menos que yo quería hacer en ese momento. Para este punto ya llevábamos un año de espera, y no era divertido. 

     En ese momento estábamos bastante ocupados con nuestro trabajo en ELÍAS, la extensión en Caño Bocón, Colombia, ya estaba andando y eso nos mantenía activos y trabajando, además de todos los retos que implicaba vivir en Atabapo (meses sin electricidad, hacer compras sin punto de venta, conseguir gasolina, etc.); en fin, había muchas cosas en que mantener puesta nuestra mente. Sin embargo, de vez en cuando yo me sentía un poco afligida porque lo que tanto anhelábamos no sucedía, a veces incluso lloraba. 

    En ocasiones me daba por pensar: ¿qué pasaría si en el plan de Dios no está que nosotros tengamos hijos? ¿Podré vivir con eso? La sola idea me aterraba. 

     Así transcurrieron dos años más, con algunas falsas alarmas que nos emocionaban por instantes y después nos dejaban el corazón roto. 

    En enero de 2018, me quedé sola en casa por unos días debido a que Leover tuvo que hacer un viaje a Atabapo (para ese momento ya nos habíamos mudado a la capital de Amazonas). Esos días fueron muy difíciles, me sentía muy sola, lloré mucho, oré también. Recordé que hacía un par de años habíamos comprado una lana blanca para tejer una manta hermosa para nuestro hijo, sin embargo nunca me había atrevido a empezarla. Me aterraba la idea de que la tejiera y después el bebé no llegara. 

    Pero en esos días de orar y llorar, más animada y con una fe renovada, tomé el hilo y la aguja de crochet y comencé a tejer. En tres días la manta estaba lista. Era hermosa! 

La manta de la Esperanza

    Fue como una terapia, después de eso me sentí más tranquila y puedo decir que hasta lo "olvidé", ya no estaba ansiosa por eso. Dos meses después, estaba sentada llorando mientras Leover gritaba de alegría con el sobre del resultado en su mano.

Esperando a Marcela

    Los nueve meses se embarazo los disfrutamos mucho (sinceramente, no los nueve, los dos primeros fueron terribles: llenos de náuseas y mareos) y el 9 de noviembre de ese año recibimos a Marcela en nuestros brazos. Unos días después estrenamos esa hermosa manta que fue tejida antes de que ella fuera concebida.

Marcela a los dos meses de nacida


     En fin, esta es mi historia. Una historia de aprender a esperar en Dios, quien tiene planes maravillosos para nosotros, superando nuestros sueños más locos. 

    El creador del universo diseñó a nuestra hija para bendecir nuestra familia. La envió en el momento perfecto para nosotros y ahora la disfrutamos cada día.

Nuestro regalo! 


    Así que, futuras colegas, si están en ese tiempo de esperar aprovéchalo para crecer como persona, para ser mejor esposa, mejor hija, haz lo que te guste más hacer, pero sobre todo no pierdas la fe. Cada oración ha sido escuchada y Dios que es bueno sabrá responder con bondad.


martes, 10 de septiembre de 2019

Abnegación y Sacrificio

     Hay dos palabras que culturalmente han sido asociadas a la maternidad: abnegación y sacrificio. Todos suponemos que una madre debe ser abnegada y que sacrificaría cualquier cosa por sus hijos. Una madre sin esas dos cualidades no es considerada una buena madre.
   
Ella y yo en su primera consulta con el pediatra
Según el diccionario la abnegación es la “renuncia voluntaria a los propios deseos, afectos o intereses en beneficio de otras personas". Esta definición resume muy bien lo que se espera de una mamá; se espera que una madre renuncie a lo que tenga que renunciar en beneficio de sus hijos, y todas mis queridas colegas estarán de acuerdo en que ese instinto materno que se activa cuando sostenemos a nuestro hijo por primera vez es tan fuerte que desde ese momento comenzamos a renunciar a muchas cosas por el bien de ese pequeño bebé: renunciamos a muchas horas de sueño y descanso, renunciamos a un baño largo, a comer lentamente, a emprender algunas cosas, a pasar tiempo con amigos, incluso a no hacer nada, y todo lo hacemos voluntariamente. Es lo que el instinto nos dice que debemos hacer, y está bien que sigamos ese instinto.
Nos quedamos dormidas juntitas

      Muchas de esas renuncias son en sí mismas algunos sacrificios, algunos más grandes que otros, pero sacrificios al fin. Sacrificar algunas horas de sueño no parece gran cosa, hasta que lo haces por diez meses seguidos y tu cuerpo parece que grita.
       Ahora bien, a algunas mamás les pasa que en esa abnegación y sacrificio pueden llegar a perderse como personas. La maternidad pasa a ser su TODO y las otras facetas de su vida, que todavía siguen ahí, son puestas en espera a veces por mucho tiempo.
     Puede que estés pensando: ¿Acaso la maternidad no te absorbe por completo? La respuesta es: probablemente sí! Depende del sistema de apoyo que tengas alrededor. Aunque, incluso con mucho apoyo la maternidad puede tragarte.
      No me malinterpreten. Yo amo ser mamá. Disfruto mucho tener a Marcela cerca de mí, alimentarla, cuidarla, jugar con ella, verla crecer. Es un trabajo especial y hoy día es un privilegio y una bendición poder cuidar a mi bebé en estos primeros meses cuando más me necesita. Sé que Dios me puso en una posición privilegiada de poder sembrar en mi bebé y verla brillar cada día. 
¿Cómo no amarla?
      De lo que hablo es de anular por completo otras facetas. Sé de primera mano que no vuelve a ser igual, no alcanza el tiempo ni la energía. Es un gran cambio; seríamos muy ilusos si pensáramos que las cosas no cambiarían con la llegada de la beba.
      Yo lo viví personalmente. Los primeros dos o tres meses de vida de Marcela yo estuve dedicada casi exclusivamente a cuidarla y me siento muy privilegiada por haber podido hacerlo. Pero llegó un momento en que estaba tan agotada que no tenía ganas de salir, dejé de hacer cosas que disfrutaba (excepto cuidar a Marcela), y eso me producía un estado de ánimo algo tóxico, como si resintiera mi nueva posición que me hacía perderme de cosas que me gustaban.
      Pero he aprendido (con un poco de trabajo) que algo de mi tiempo y de mi energía debe ser utilizado en hacer algo que me guste hacer, algún hobbie, algo que me produzca una sonrisa (y que no sea la ternura de mi Marce). Tengo que ser organizada para vivir todas mis facetas y no quedar en deuda con nadie, pero especialmente conmigo misma.
Mi gran apoyo, un gran papá
     He aprendido también que debido a esas expectativas de abnegación y sacrificio que pesan sobre nosotras, las madres, incluso llegamos a sentirnos culpables cuando pensamos que necesitamos un break, un rato sin el bebé, un descanso, ir a hacernos las uñas o a pasar un rato con una buena amiga poniéndonos al día. Pero no, no hay de qué sentirnos culpables. Lo necesitamos, todo eso! A veces, pensamos que es egoísta pensar en lo que necesitamos como personas, como mujeres, no sólo como mamás; el bebé se convirtió en nuestro sol y nosotros giramos a su alrededor. Pero no es egoísta darnos un pequeño gusto de vez en cuando, de hecho es saludable. Cuando tenemos esos pequeños espacios, funcionamos mejor como mamás, tenemos más energía y más paciencia para tratar con nuestro bebé que no entiende nada de lo que estamos pasando.
       Estoy aprendiendo que mientras me siento mejor conmigo misma, mejor mamá soy para Marcela. Tengo más paciencia y más ánimo para afrontar el día a día que, admitámoslo, puede ser una locura.
    Así que, queridas colegas de la maternidad, creo que es bueno pensar en esto, y tomar acción si fuera necesario. Por tu bien, por el bien de las relaciones interpersonales que debes llevar y especialmente por el bien de tu pequeño bebé. Tu salud integral también se traduce en su bienestar.

lunes, 22 de abril de 2019

Por primera vez en Amazonas

Marcela ha sido una niña viajera desde que tenía un mes de Nacida. Se estrenó yendo a San Felipe, en el Estado Yaracuy, y desde entonces ha viajado mucho.
En San Felipe, Estado Yaracuy
Sin embargo, fue hasta los tres meses que pudo visitar Amazonas. Ese es un viaje por tierra muy largo al que su papá y yo estamos acostumbrados, pero que esta vez sería diferente porque llevamos con nosotros nuestro regalito.
Emprendimos nuestro viaje con más equipaje que de costumbre porque llevábamos la cunita de Marce, su asiento para el carro, su maleta, además de nuestras cosas. Hicimos una parada en San Fernando de Apure para descansar y seguimos al siguiente día hacia nuestra casa en Puerto Ayacucho. 
El calor en el llano estuvo muy fuerte porque es época de sequía por estos lados. Gracias a Dios Marcela se portó como una campeona a pesar del calor y durmió gran parte del recorrido. 
Una vez en casa, Leover invirtió casi dos días limpiando y quitando el polvo de los cuatro meses que no estuvimos. Antes, cuando Marcela no estaba con nosotros, nos habríamos paso entre las telarañas e íbamos limpiando poco a poco, pero con Marcela no podíamos hacerlo así. 
Estos abuelitos amazonenses son un regalo de Dios. Ellos nos dieron asilo mientras la casa se ponía en orden, y vemos el amor de Dios a través de ellos.  
Cuando la casa estuvo lista, comenzamos a ponernos al día con el trabajo en la comunidad, fuimos a visitar a los hermanos para que conocieran a Marcela y Leover comenzó a planear las materias faltantes y el calendario de actividades.
A pesar de su edad, ella siempre tiene buen humor y su tranquilidad es la nuestra.

Ese día que fuimos con Marcela nos guardaron Simuto, gusano de moriche. Deliciosos! Sabe a chicharrón!





Marcela de visita en Cardenalito

 
El mes y medio que estuvimos allá transcurrió luchando con el calor que estuvo muy fuerte, pero Marcela se portó muy bien a pesar de los retos, incluido un apagón nacional que nos tuvo sin electricidad y sin comunicación tres días y medio. 
Marcela fue por sus vacunas del cuarto mes. Ese día no fue divertido.
Durante ese mes disfrutamos de los abuelos amazonenses de Marcela, de los hermanos de la iglesia, le pusimos las vacunas de los cuatro meses (del lado colombiano de la frontera), le comenzaron las molestias en las encías y se dio vuelta ella solita por primera vez. Realmente nos sorprende lo despierta que es. 
Marcela es una niña única, enviada del cielo especialmente a estos padres trotamundos. Ella se adapta muy bien (acorde con su edad) y nos enamora cada día con su sonrisa y su buen humor. Si ella sonríe, la tierra sigue girando. 
Esta es la sonrisa que nos hace suspirar.
El viaje de regreso fue más intenso aún porque lo hicimos en un solo día, el calor terrible y Marce que quiso pasar todo el viaje pegada en el pecho. Pero sobrevivimos.
Una aventura de muchas que tendremos en el futuro.
No sabemos lo que Dios nos tiene preparados, pero sí sabemos que estaremos juntos en cada paso. 


jueves, 7 de marzo de 2019

Sobrellevando el caos

     En un mundo perfecto de mamá primeriza casi obsesiva, yo podría dedicarle todo mi tiempo y mi energía al cuidado de Marcela. Pero ese mundo “perfecto” no existe. En el mundo real, no sólo soy la mamá de esta preciosa bebita. En primer lugar, sigo siendo una mujer que necesita atenderse (pintarse las uñas, peinarse, escribir, hacer algo que me gusta, comer, DESCANSAR, etc.), soy la esposa de un hombre maravilloso que requiere mi atención, soy una cristiana que necesita tener tiempo de devoción con Dios, sirvo a Dios y hay tareas relacionadas a ese servicio que debo realizar. Por otro lado, soy una hija, hermana y amiga que necesita sembrar en esas relaciones. Ah, también sigo siendo ama de casa, y por el momento no he logrado que la casa se asee sola!

      Todas estas actividades son importantes, todas requieren tiempo y energía. Sería muy ilusa si pensara que después del nacimiento de Marcela podría realizar estas tareas como antes, sin ningún cambio. Muchas  veces me dijeron que la vida me cambiaría, así que traté de mentalizarme, pero la realidad me alcanzó más temprano que tarde.
Marcela en su primer día de consulta pediátrica

      Una vez que Marcela nació me di cuenta rápidamente que mi tiempo le pertenecía casi por completo, sobre todo cuando estaba recién nacida porque tuvimos un arranque complicado con la lactancia, además de la recuperación de la cesárea. Sé que soy muy afortunada por toda la ayuda que recibí de mi mamá, que se quedó con nosotros por una semana, y de mi esposo amado que se encargó de las cosas de la casa durante las primeras semanas de nuestra aventura como padres (todavía me sigue ayudando, es mi héroe!). Sin toda esa ayuda hubiera enloquecido.  Después de las primeras semanas yo esperaba ir retomando poco a poco las actividades cotidianas, sin embargo debo confesar que comencé a sentirme frustrada. Más que frustrada creo que me sentí sobrepasada por la situación. Me sentí como si tuviera un 100% para dar, pero yo misma me sentía presionada para dar el 500% que era necesario para hacer todo lo “requerido”. Al acercarse la noche, yo andaba solo con mis reservas de energía, lo único que quería era dormir.
 

      Me sentía como un malabarista que lanza objetos en fuego al aire y debe mantenerlos en movimiento sin que caigan al suelo, sólo que yo me hallaba haciendo malabares con mi hija, mi esposo, la casa, etc. Obviamente este malabarismo es extremo, ninguna mamá quiere desatender a su pequeño hijo, pero tampoco quiere ser una mala esposa o un ama de casa descuidada. Pero creo que esa imagen de la maternidad como una malabarista hace énfasis en la tensión, el estrés y el afán; muchas veces sentí que fracasé en mis malabares y por cuidar a la beba, terminé descuidando otros aspectos de la vida que también son importantes.  Si bien es cierto que la tensión, el estrés y el afán son emociones que aparecen de vez en cuando en la vida de mamá, ahora me doy cuenta que ese énfasis no es el correcto. El nuevo enfoque que trato de tener es el de disfrutar cada día, aunque haya un poco de caos y no pueda tener control de todo.
 

Ahora, tres meses después del nacimiento de Marcela, puedo darme cuenta de que tal vez mis expectativas con respecto a mí misma eran muy elevadas, tanto que me generaron una presión extra, que incluso me hacía sentir más que cansada, extenuada. Esto puede deberse a mi temperamento melancólico, el cual me hace ser bastante perfeccionista en lo que hago, pero esto no es sano. Poco a poco he descubierto que no puedo ser una mamá perfecta, porque eso implicaría descuidar otros asuntos y personas y a la final no habría perfección alguna.

Conversando sobre este tema con mi amiga Fernanda Vielma, madre de dos pequeños hermosos, ella me decía algunas cosas importantes que deseo compartir aquí:

1.    Aceptar la nueva realidad: OK, soy mamá, muchas cosas cambiarán y no tengo tiempo ni energía para hacer todo lo que se supone que necesito hacer. Esto me ayuda a no frustrarme y entender que los cambios son parte de la bendición de ser mamá. Además, creo que es necesario que no sólo la mamá acepte esta nueva realidad, sino que los que forman parte de su red de apoyo, los que trabajan con ella, su familia, etc., ellos también deben ser conscientes de dichos cambios.

2.    Establecer prioridades: ¿Qué es importante? ¿Qué es urgente? ¿Qué cosas dejaré de hacer (al menos temporalmente)? El día sigue teniendo 24 horas, es necesario tener claro qué cosas son realmente importantes, qué cosas pueden esperar, y de qué cosas puedo prescindir. Por supuesto, esto implica que tal vez la casa no esté inmaculada, tal vez no puedas escribir un artículo semanalmente, tal vez debas aplazar algunas actividades hasta que el bebé crezca un poco. Son decisiones que cada familia debe tomar.

3.    Ser disciplinado: ¡Esto es muy difícil para mí! Me es muy difícil establecer una rutina y cumplirla hasta que se haga un hábito. Nuestro ritmo de vida un poco itinerante lo dificulta aún más, pero es necesario, ahora más que nunca es necesario. A los niños les es beneficioso tener rutinas, de alguna manera les hace sentir seguros y al mismo tiempo facilita las cosas para los padres, pero esto requiere disciplina.

En cuanto a mí, es un desafío. Debido al trabajo de movilización que hacemos ahora, duramos un mes viajando, con Marcela por supuesto. Visitamos cuatro estados del país, y nos hospedamos en unas ocho casas aproximadamente. ¡Pobrecita Marcela! Cada casa nueva era un reto para ella, y además estar viajando dificulta hacer rutinas.

Sin embargo, ahora que estamos en Amazonas por un par de meses tratamos de establecer ciertas rutinas. Al despertarse, Marce tiene lo que llamo “la hora feliz”, ella está muy contenta, risueña y de buen humor. Durante ese tiempo casi siempre puedo leer la Biblia con tranquilidad. Después de su hora feliz, generalmente toma una siesta corta. El resto de la mañana la pasa entre siestas cortas (cortísimas), jugando en el gimnasio, el pecho de mami y los brazos de los papis de a ratos. A mediodía la bañamos, toma una siesta (no siempre), y otra vez comer, jugar. Por la noche, la rutina que tratamos de establecer es la siguiente: un baño con agua tibia, le pongo su pijama, apago la luz y prendo la linterna del teléfono para que la iluminación sea más tenue. Inmediatamente, comienza a rascarse los ojitos y en poco más de media hora ya estará durmiendo en su cunita.

Disciplina es una palabra importante aquí.


Dar un paseo por un parque cercano es una excelente opción para despejar la mente.
 

         
 
 
 
 
 
 
   En fin, ¿Te vas a perder algunas reuniones? Probablemente sí ¿Dejarás de hacer algunas cosas que te gustan? Tal vez ¿Tendrás que tomar duchas rápidas? Algunas veces ¿La casa estará inmaculada? Definitivamente no ¿Valen la pena esos sacrificios? ¡Totalmente!

     Hay muchos trabajos para hacer en el mundo. Pero Dios nos dio (a las mujeres) la capacidad de concebir, alimentar y cuidar de nuestros hijos. Ese es EL Trabajo que puede cambiar el mundo: enseñándoles a ser buenas personas, buenos ciudadanos, a amar a Dios, atesorar Su Palabra, ser respetuosos con los demás, cuidar de los animales, etc.

     Hay una palabra que puede resultar la clave para este asunto: Equilibrio. Aunque nuestro trabajo como madre sea lo más importante que hagamos en la vida (de hecho creo que así es), debemos encontrar un equilibrio para atender a nuestro esposo, la casa, a nosotras mismas, además de las demás actividades y relaciones que debemos cuidar. Algunos días serán caóticos, pero el caos es temporal. Ellos crecerán, y cada vez serán más independientes, lo cual nos permitirá reorganizarnos nuevamente. Mientras tanto, si lo disfrutas es mejor y más llevadero.