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lunes, 10 de agosto de 2020

¿Cuando fue la última vez que fuiste amable contigo misma?

     Durante nuestra formación, nosotros somos frecuentemente instruidos sobre la necesidad de ser amables, afectuosos y generosos con los demás y demostrar empatía con sus situaciones y sus problemas.  Desde muy pequeños nuestros padres ponen su empeño en que desarrollemos esas habilidades sociales. Sin embargo, la mayoría de las veces se pasa por alto enseñar esas habilidades para ser aplicadas a nosotros mismos, es decir, ser amables, afectuosos y generosos con nosotros, y tener empatía ante nuestras situaciones y nuestros problemas. Lo que resulta es que somos muy autoexigentes, tendemos al perfeccionismo, y nos juzgamos con una dureza con la que no juzgamos a nadie más.


        Si un amigo nuestro comete un error, nosotros estamos ahí para ayudarlo a levantarse y darle palabras de ánimo. Pero si el error es nuestro, no tarda en aparecer el juicio y la recriminación.

       Si un amigo está en una situación en la que las cosas no salieron como lo esperaba, nuestras palabras son de consuelo y abrigo. Pero, si las cosas no nos salen como lo planeamos, incluso lo más inesperado como la muerte y la enfermedad, tendemos a buscar explicaciones que generalmente arrojan una carga pesada de culpa sobre nuestros hombros.

       La autoexigencia, en su justa medida, es buena como gasolina para avanzar hacia nuestros objetivos. Sin embargo, rara vez aparece en su justa medida y por lo contrario suele convertirse en un filtro a través del cual juzgamos todo lo que hacemos y olvidamos lo más obvio: somos seres humanos, y por lo tanto siempre existirán las fallas y los errores.  No necesitamos aparentar que somos super mamás, que podemos con todo en la vida, que no hay nada que nos desborde. Esa actitud es dañina para nosotras (las mamás, y también para todos los demás), además de ser una mentira muy grande. 

     Estas son algunas recomendaciones para comenzar a ser amable contigo misma:

  1. Repite después de mí: La gente se equivoca, ¡eso me incluye a mí! Ser amable contigo mismo no significa que vas a ser mediocre y conformarte, significa que vas a entender que los errores van a aparecer, tal vez no el mismo error, pero mientras estemos en este cuerpo físico vamos a equivocarnos eventualmente. ¿Qué le dices a un amigo tuyo que ha hecho algo errado? ¿Lo tratas con empatía y amor? ¿Qué tal si la próxima vez que te equivoques te tratas a ti mismo con la misma empatía y el mismo amor? Trata de aprender de tus errores y sigue adelante.
  2.         No  ignores tus emociones y sentimientos. Los tuyos son tan válidos como los de los demás. Cuando estés teniendo un mal día, estés enojada(o), te sientas abrumada(o), no intentes suprimir eso que sientes, háblalo con alguien y pide ayuda si pudieres. Ignorar o suprimir los sentimientos no hará que desaparezcan, más bien puede hacer que las cosas empeoren. Cuando las emociones no se gestionan, eventualmente explotarán por algún lado. Tristemente yo también he pasado por esto. Por alguna razón asumimos que no es bueno asumir que estás cansada, que necesitas un break, pero las veces que he retrasado la petición de ayuda, he sido rebasada en los momentos menos oportunos e incluso un par de veces he tratado rudamente a Marcela como consecuencia. Por eso, es mejor pedir ayuda a tiempo que terminar lastimando a otros a nuestro alrededor.
  3.        Renuncia a la necesidad de ser perfecta(o): Esto puede ser una liberación, y te permite en concentrarte en objetivos claros, sin tener que frustrarnos ante el mínimo error. Cuando persistimos en buscar la perfección, gastamos nuestras energías en buscar lo inalcanzable. No existe la mamá perfecta, ni la misionera perfecta, ni la esposa perfecta. Ya te habrás dado cuenta que tú no serás la primera. Ya yo lo asumí.
  4.       Cuida el lenguaje con que te hablas a ti misma(o). ¿Recuerdas la última conversación que tuviste contigo misma(o)? ¿Fuiste amable? ¿O te hablaste como si fueras tu peor enemigo? Estamos tan acostumbrados a ser críticos con nosotros mismos que no pensamos las palabras que nos decimos frente al espejo. Evita las etiquetas y las críticas peyorativas. La próxima vez puedes intentar: “Desearía que esto no hubiera sucedido, pero sucedió. Intentaré aprender las lecciones que pueda y continuaré. La próxima vez lo haré mejor”.
  5.     .  Evita las comparaciones. Además de odiosas, son injustas. Cada persona se enfrenta a circunstancias tan particulares como ella misma, y las enfrenta con las herramientas que tiene a disposición. Por eso, no sirve de nada comparar. Como mamás es muy fácil pensar: El hijo de fulana ya habla y mi hijo apenas dice pá, el hijo de mengano caminó a los 8 meses y mi bebé aún no camina, y así hasta el infinito y más allá. Como misioneros, es igual: ¡Fulano aprendió el idioma en tres meses y yo llevo seis meses y apenas puedo decir algunas cosas! Esas comparaciones nos ponen una presión innecesaria, minan nuestra confianza, no aportan nada positivo y afianzan el pensamiento de que nuestro valor personal está en lo que hacemos y no en lo que somos, lo cual no es cierto.
  6.       Celebra tus victorias. Tendemos a enfatizar los errores, las fallas, etc., pero pasamos por alto lo que sale bien, lo que ganamos. La próxima vez que alcances algún objetivo planteado, ¡celébralo! 
  7.        Hazte un regalo sin sentir culpa: Ve a la peluquería, hazte un pedicure, sal a caminar (¡sola!) y cómete un helado en el camino, consigue una niñera y visita una amiga sólo para conversar, pide ayuda para cuidar al bebé y tener tiempo para orar con tranquilidad, etc., pero sin sentir culpa, no tienes por qué. La culpa no es bienvenida.  

  Como persona, y en todos los roles que hemos de asumir, tendremos buenas épocas y malas épocas. Una mala época no quiere decir que la vida acabó, o dejó de tener sentido. Significa que es un tiempo difícil, que seguramente te ofrecerá grandes lecciones. Mientras pasa la mala racha, enfócate en las pequeñas cosas positivas que pasan a tu alrededor, y sé agradecido por ellas.

¡Celebra las bendiciones! Sonríe
Celebra las bendiciones, y ¡sonríe!

La vida a veces es suficientemente dura como para que nosotros nos tornemos en nuestros enemigos particulares.

No creas ni remotamente que escribo como quien tiene estos asuntos totalmente resueltos. Sigo aprendiendo, hay días en que lo consigo y días en que no. Pero he percibido que cuando soy más amable conmigo misma, soy más paciente y amable con Marcela y con los demás. 

¡No seas nunca más el último ítem de la lista de pendientes! 


jueves, 26 de septiembre de 2019

La manta de la Esperanza

    Tal vez antes ya he contado un poco sobre lo que significó esperar la llegada de Marcela a nuestras vidas. No me refiero a los nueve meses de espera; ésta vez quiero ir un poco más allá y contar sobre los años que tuvimos que esperar hasta saber que Marcela al fin vendría. Me atrevo a recontar nuestra historia para animar a otras futuras colegas que están en ese mismo proceso de esperar.


     Cuando Leover y yo nos casamos en 2012 ya sabíamos sin dudas que queríamos tener hijos, pero también sabíamos que queríamos esperar un poco; eso de un cambio a la vez nos llevó a aplazar un poco la decisión ya que antes del primer aniversario salimos rumbo a Atabapo, y una vez allá, las carencias en los servicios de salud del pueblo nos intimidaron un poco así que seguimos esperando. 

     Recuerdo que en Octubre de 2014, estando en Atabapo, un pastor cercano y su esposa tuvieron un bebé. Cuando lo conocí y lo cargué, tan tierno, tan lindo, tan suavecito, supe que había llegado el tiempo: ¡quería tener un hijo!  Ese día se despertó en mí ese anhelo, y un par de meses después de hablarlo con Leover, dejamos de usar las pastillas y comenzamos a esperar.

Este pequeño es Óscar Josué, quien nos animó a ser papás. Una belleza. Hoy debe tener cinco años

    Los primeros meses esperaba a mi amiga mensual con la esperanza de que no llegara. Lo sé, es una contradicción esperar algo que no quieres que llegue, pero así funciona. Tal vez pasaron unos seis meses para que nos diéramos cuenta de que no iba a ser tan sencillo, o tan rápido como hubiésemos querido o esperado al principio. 

    Fuimos al médico para descartar algún problema de salud. Invertimos una buena cantidad de dinero en exámenes, pruebas y consultas. La conclusión de todo ese proceso fue que no había nada en nuestros cuerpos que nos impidiera concebir, todo estaba funcionando como debía. Cualquiera pensaría que eso nos daría tranquilidad, pero a mí me puso muy ansiosa. Si hubiese algún problema, podríamos "arreglarlo"; pero al no haber ninguno, debíamos esperar. 

     Esperar? Eso era lo menos que yo quería hacer en ese momento. Para este punto ya llevábamos un año de espera, y no era divertido. 

     En ese momento estábamos bastante ocupados con nuestro trabajo en ELÍAS, la extensión en Caño Bocón, Colombia, ya estaba andando y eso nos mantenía activos y trabajando, además de todos los retos que implicaba vivir en Atabapo (meses sin electricidad, hacer compras sin punto de venta, conseguir gasolina, etc.); en fin, había muchas cosas en que mantener puesta nuestra mente. Sin embargo, de vez en cuando yo me sentía un poco afligida porque lo que tanto anhelábamos no sucedía, a veces incluso lloraba. 

    En ocasiones me daba por pensar: ¿qué pasaría si en el plan de Dios no está que nosotros tengamos hijos? ¿Podré vivir con eso? La sola idea me aterraba. 

     Así transcurrieron dos años más, con algunas falsas alarmas que nos emocionaban por instantes y después nos dejaban el corazón roto. 

    En enero de 2018, me quedé sola en casa por unos días debido a que Leover tuvo que hacer un viaje a Atabapo (para ese momento ya nos habíamos mudado a la capital de Amazonas). Esos días fueron muy difíciles, me sentía muy sola, lloré mucho, oré también. Recordé que hacía un par de años habíamos comprado una lana blanca para tejer una manta hermosa para nuestro hijo, sin embargo nunca me había atrevido a empezarla. Me aterraba la idea de que la tejiera y después el bebé no llegara. 

    Pero en esos días de orar y llorar, más animada y con una fe renovada, tomé el hilo y la aguja de crochet y comencé a tejer. En tres días la manta estaba lista. Era hermosa! 

La manta de la Esperanza

    Fue como una terapia, después de eso me sentí más tranquila y puedo decir que hasta lo "olvidé", ya no estaba ansiosa por eso. Dos meses después, estaba sentada llorando mientras Leover gritaba de alegría con el sobre del resultado en su mano.

Esperando a Marcela

    Los nueve meses se embarazo los disfrutamos mucho (sinceramente, no los nueve, los dos primeros fueron terribles: llenos de náuseas y mareos) y el 9 de noviembre de ese año recibimos a Marcela en nuestros brazos. Unos días después estrenamos esa hermosa manta que fue tejida antes de que ella fuera concebida.

Marcela a los dos meses de nacida


     En fin, esta es mi historia. Una historia de aprender a esperar en Dios, quien tiene planes maravillosos para nosotros, superando nuestros sueños más locos. 

    El creador del universo diseñó a nuestra hija para bendecir nuestra familia. La envió en el momento perfecto para nosotros y ahora la disfrutamos cada día.

Nuestro regalo! 


    Así que, futuras colegas, si están en ese tiempo de esperar aprovéchalo para crecer como persona, para ser mejor esposa, mejor hija, haz lo que te guste más hacer, pero sobre todo no pierdas la fe. Cada oración ha sido escuchada y Dios que es bueno sabrá responder con bondad.


martes, 10 de septiembre de 2019

Abnegación y Sacrificio

     Hay dos palabras que culturalmente han sido asociadas a la maternidad: abnegación y sacrificio. Todos suponemos que una madre debe ser abnegada y que sacrificaría cualquier cosa por sus hijos. Una madre sin esas dos cualidades no es considerada una buena madre.
   
Ella y yo en su primera consulta con el pediatra
Según el diccionario la abnegación es la “renuncia voluntaria a los propios deseos, afectos o intereses en beneficio de otras personas". Esta definición resume muy bien lo que se espera de una mamá; se espera que una madre renuncie a lo que tenga que renunciar en beneficio de sus hijos, y todas mis queridas colegas estarán de acuerdo en que ese instinto materno que se activa cuando sostenemos a nuestro hijo por primera vez es tan fuerte que desde ese momento comenzamos a renunciar a muchas cosas por el bien de ese pequeño bebé: renunciamos a muchas horas de sueño y descanso, renunciamos a un baño largo, a comer lentamente, a emprender algunas cosas, a pasar tiempo con amigos, incluso a no hacer nada, y todo lo hacemos voluntariamente. Es lo que el instinto nos dice que debemos hacer, y está bien que sigamos ese instinto.
Nos quedamos dormidas juntitas

      Muchas de esas renuncias son en sí mismas algunos sacrificios, algunos más grandes que otros, pero sacrificios al fin. Sacrificar algunas horas de sueño no parece gran cosa, hasta que lo haces por diez meses seguidos y tu cuerpo parece que grita.
       Ahora bien, a algunas mamás les pasa que en esa abnegación y sacrificio pueden llegar a perderse como personas. La maternidad pasa a ser su TODO y las otras facetas de su vida, que todavía siguen ahí, son puestas en espera a veces por mucho tiempo.
     Puede que estés pensando: ¿Acaso la maternidad no te absorbe por completo? La respuesta es: probablemente sí! Depende del sistema de apoyo que tengas alrededor. Aunque, incluso con mucho apoyo la maternidad puede tragarte.
      No me malinterpreten. Yo amo ser mamá. Disfruto mucho tener a Marcela cerca de mí, alimentarla, cuidarla, jugar con ella, verla crecer. Es un trabajo especial y hoy día es un privilegio y una bendición poder cuidar a mi bebé en estos primeros meses cuando más me necesita. Sé que Dios me puso en una posición privilegiada de poder sembrar en mi bebé y verla brillar cada día. 
¿Cómo no amarla?
      De lo que hablo es de anular por completo otras facetas. Sé de primera mano que no vuelve a ser igual, no alcanza el tiempo ni la energía. Es un gran cambio; seríamos muy ilusos si pensáramos que las cosas no cambiarían con la llegada de la beba.
      Yo lo viví personalmente. Los primeros dos o tres meses de vida de Marcela yo estuve dedicada casi exclusivamente a cuidarla y me siento muy privilegiada por haber podido hacerlo. Pero llegó un momento en que estaba tan agotada que no tenía ganas de salir, dejé de hacer cosas que disfrutaba (excepto cuidar a Marcela), y eso me producía un estado de ánimo algo tóxico, como si resintiera mi nueva posición que me hacía perderme de cosas que me gustaban.
      Pero he aprendido (con un poco de trabajo) que algo de mi tiempo y de mi energía debe ser utilizado en hacer algo que me guste hacer, algún hobbie, algo que me produzca una sonrisa (y que no sea la ternura de mi Marce). Tengo que ser organizada para vivir todas mis facetas y no quedar en deuda con nadie, pero especialmente conmigo misma.
Mi gran apoyo, un gran papá
     He aprendido también que debido a esas expectativas de abnegación y sacrificio que pesan sobre nosotras, las madres, incluso llegamos a sentirnos culpables cuando pensamos que necesitamos un break, un rato sin el bebé, un descanso, ir a hacernos las uñas o a pasar un rato con una buena amiga poniéndonos al día. Pero no, no hay de qué sentirnos culpables. Lo necesitamos, todo eso! A veces, pensamos que es egoísta pensar en lo que necesitamos como personas, como mujeres, no sólo como mamás; el bebé se convirtió en nuestro sol y nosotros giramos a su alrededor. Pero no es egoísta darnos un pequeño gusto de vez en cuando, de hecho es saludable. Cuando tenemos esos pequeños espacios, funcionamos mejor como mamás, tenemos más energía y más paciencia para tratar con nuestro bebé que no entiende nada de lo que estamos pasando.
       Estoy aprendiendo que mientras me siento mejor conmigo misma, mejor mamá soy para Marcela. Tengo más paciencia y más ánimo para afrontar el día a día que, admitámoslo, puede ser una locura.
    Así que, queridas colegas de la maternidad, creo que es bueno pensar en esto, y tomar acción si fuera necesario. Por tu bien, por el bien de las relaciones interpersonales que debes llevar y especialmente por el bien de tu pequeño bebé. Tu salud integral también se traduce en su bienestar.

viernes, 18 de enero de 2019

La Maternidad: tiempo de cambios


No puedo contar las veces que Leover y yo oímos esta frase: “Les va a cambiar la vida”, acompañada de “vayan al cine porque después no podrán” o “hagan esto o aquello porque después será muy difícil”. Era un tema recurrente sobre todo de parte de los amigos y familiares que tienen hijos. Parece que es obvio que al tener un bebé te va a cambiar la vida, pero a pesar de lo obvio que puede resultar no sabes todas las dimensiones de ese cambio hasta que ese pequeño ser sale de la panza y te encuentras en casa: sólo ustedes y él (en nuestro caso, ella) y caes en conciencia de que te necesita para todo en su vida.
La vida cambia radicalmente, pero como dice el refrán: “No es tanto lo mucho, sino lo seguido”. Lo verdaderamente abrumador no es el tamaño de los cambios, sino que todos llegan en un mismo momento. Entras al hospital luciendo por última vez tu hermosa barriga que te ha acompañado durante los últimos nueve meses, y sales de él sin esa barriga y con el bebé en brazos y la vida transformada en un instante.
¡Ojo! ¡Alerta! Tener un hijo es espectacular, es maravilloso, una de las mejores experiencias de la vida. De eso no hay duda. Pero al mismo tiempo, es el más grande desafío que un ser humano puede enfrentar.
En cuanto a mí, encontré al menos cinco áreas que han experimentado cambios especialmente significativos:
En primer lugar, por mucho tiempo pensé que no tenía instintos maternos. Siempre me han encantado los bebés, y deseaba con toda el alma tener un hijo, pero eso no quiere decir que tuviera esos impulsos maternos tipo “mamá osa”. Eso me asustaba durante el embarazo porque no estaba segura si dichos impulsos debían surgir en esa etapa o si saldrían a flote una vez naciera Marcela.
Cuando el embarazo apenas comenzaba, no me sentía cómoda hablando con mi barriga como suelen hacer con frecuencia las mujeres embarazadas. Era como si todavía no era tan real para mí. Eso fue cambiando poco a poco durante el embarazo, pero el verdadero cambio ocurrió cuando nació Marcela. ¡Fue como instantáneo! Recuerdo que todavía estaba en el hospital muy adolorida por la cesárea, apenas podía levantarme de la cama con la ayuda de mi mamá. En medio de la noche oí una tos, como de ahogo, que me despertó y me di cuenta de que era Marcela quien estaba ahogada. Me levanté de un solo salto (todavía no sé con qué fuerzas), no me acordé del dolor de la cirugía en lo absoluto, y tomé a Marcela en los brazos. Después fue que me di cuenta de lo que había hecho, y supe que me había transformado en la mamá osa que no pensé que sería.

En segundo lugar, el tiempo comienza a ser más relativo que nunca antes. Por un lado, los días dejan de tener las 24 horas de siempre: a veces tienen menos y se pasan muy rápidamente dejando muchas tareas pendientes, mientras que otras veces los días parecen tener más horas y resultan eternos y de nunca acabar. Comienzas a apreciar más que nunca cada minuto de sueño, de descanso.  Cada minuto extra en la ducha vale oro, al igual que una comida tomada con calma, y cuando logras hacerte manicure te sientes como si hubieras ganado un maratón.
Por mi parte, nunca he sido amante de los trasnochos; el tiempo de dormir es sagrado (o tal vez lo era). Quienes me conocen saben que desde siempre (y hasta el nacimiento de Marcela) tenía por costumbre irme a dormir temprano. Obviamente eso cambió radicalmente desde que salimos del hospital con nuestra hija, y eso que Marcela ha sido una beba dormilona, y sólo se levanta dos o tres veces por la noche para comer. Digo “sólo” porque hablando con otras madres me doy cuenta de que soy muy afortunada ya que mi hija duerme tres o cuatro horas seguidas por la noche, sin embargo a veces ando en modo zombi debido a las veces que debo levantarme durante la noche. Pasé de dormir ocho horas a dormir seis, si tengo suerte.
En tercer lugar, la palabra puntualidad deja de ser tan importante como lo era antes. Mi esposo y yo, antes de tener a Marcela con nosotros, siempre tratábamos de ser puntuales en nuestras citas con otras personas y casi siempre lo lográbamos. Desde que Marcela nació, algo tan ‘sencillo’ como arreglarnos para una cita con el pediatra se complica fácilmente y terminamos llegando a la clínica por lo menos una hora después de lo que habíamos estimado, si tenemos suerte. Son tantas las variables que están fuera de nuestro control que es técnicamente imposible llegar a tiempo a ningún lado.  Cuando parece que vamos bien y que lo lograremos, Marcela deja un regalo en su pañal que requiere que le aseemos y le cambiemos el pañal, y a veces hasta la ropa. Otras veces, cuando estamos a punto de salir, Marcela comienza a hacer unos movimientos muy conocidos por nosotros con su lengua, señal inequívoca de que necesita ser alimentada, lo cual tomará por lo menos media hora. ¡Adiós puntualidad! Nos hemos resignado.
En cuarto lugar, tus intereses son transformados radicalmente de un día a otro. Sólo como un botón de muestra, antes de Marcela mis búsquedas en Pinterest eran: crochet, patrones, manualidades, DIY, y cosas por el estilo. Ahora son: bebés, lactancia, maternidad, crianza, porteo, etc. Desde que Marcela nació no he podido terminar ningún proyecto de tejido; el cuidado de ella requiere tanto tiempo que no he podido tomar la aguja por mucho rato. El poquísimo tiempo libre que tengo, con toda y la valiosísima ayuda de un Súper héroe llamado Leover, prefiero invertirlo en una pequeña siesta, y a veces escribiendo estos artículos que son como una terapia. El punto es que lo que anteriormente era un hobbie que me apasionaba mucho, ha pasado a un segundo o tercer plano.
Todavía no puedo creer que descargué todas las temporadas de una serie que me encanta, y no logré pasar del segundo capítulo. Simplemente dejó de interesarme. Ni siquiera la extraño.
En quinto y último lugar (en este artículo, no en la vida), están los cambios que trae un bebé para el matrimonio. Leover y yo somos esposos desde el 8 de septiembre de 2012, y desde entonces hemos sido inseparables. A diferencia de muchas parejas, por nuestro trabajo estamos juntos casi todo el tiempo y eso nos ha permitido desarrollar un vínculo especial, porque solíamos hacer muchas cosas juntos y como equipo.

La llegada de Marcela ha traído consigo algunos cambios también para nuestro matrimonio y aunque los cambios no son malos en sí mismos, siempre requieren ajustes. Nosotros estamos en ese proceso de hacer los ajustes necesarios para que los cambios que Marcela ha traído no sean dañinos para nuestra relación como esposos y no abran una brecha, sino que más bien sirvan para fortalecer el vínculo, para unirnos y enriquecer nuestro matrimonio. ¿Hay que hacerlo intencionalmente? ¡Sí!, ¿Hay que ser creativo? ¡Sí!
No podemos pensar que dejamos de ser amigos y cómplices para ser sólo padres. Son roles que no deben pelear entre sí. ¿Es fácil lograr el equilibrio? ¡No! Es muy complicado equilibrar la atención que requiere un bebé recién nacido, con la atención que requiere mantener un matrimonio sano y armonioso. ¿Es imposible? ¡Tampoco! Vale la pena el esfuerzo.
Un hijo te cambia la vida de maneras impensables. Estos son sólo cinco pequeños ejemplos. A pesar de estos cambios, es una experiencia increíblemente gratificante. Las mujeres fuimos diseñadas para traer vida, para alimentar a nuestros hijos y para cuidarles con mucho amor y delicadeza (Atención: cero machismo, los padres son parte importante de todo el proceso). Invertir en otra vida como lo hace una madre es un privilegio dado por Dios. Él nos equipó para ese trabajo. Recordemos esto cuando el día parezca de 30 horas.
¿Quieres compartir con nosotros las maneras en que tus hijos cambiaron tu vida? Escríbelo en la sección de comentarios.

sábado, 15 de diciembre de 2018

EN RETROSPECTIVA: Trabajar entre indígenas y no tener hijos


Mi esposo Leover y yo hemos servido en comunidades indígenas durante más de cinco años., y este tiempo ha sido muy especial para nosotros, durante el cual hemos aprendido mucho de las diferentes culturas con las que hemos interactuado, además de que hemos hecho muy buenas amistades con muchas de las familias con quienes hemos servido.
                Una de las primeras cosas que uno aprende cuando se desenvuelve entre las comunidades es que la familia tiene un papel fundamental para ellos, y además que éstas suelen ser muy numerosas (aunque pareciera que esa tendencia está comenzando a cambiar).
                En la mayoría de los casos, dos personas muy jóvenes se juntan para formar una familia, y muy rápido comienzan a tener hijos. Como en la mayoría de las culturas no occidentalizadas, el tener hijos es muy importante para cada matrimonio; de hecho, no tenerlos puede ser interpretado como un veto de la naturaleza, como algo negativo, todo desde su forma de ver el mundo. Cuando ocurre que pasado el tiempo una pareja no puede tener hijos surgen ciertas preguntas: ¿Por qué no pueden tener hijos? ¿Qué han hecho que no se les ha dado hijos? ¿No saben hacer hijos? ¿Qué pueden hacer para comenzar a tener hijos?, etc.
Cuando nosotros comenzamos a viajar a las comunidades y a trabajar entre ellos, notamos que el hecho de ser un matrimonio que servía juntos era una gran puerta abierta. Si alguno de nosotros hubiese llegado siendo soltero a hacer el mismo trabajo, las oportunidades no habrían sido las mismas. Por un lado, el hecho de estar casado te da una especie de autoridad entre ellos, pero por otro lado surge una pregunta lógica ¿cuántos hijos tienen? Normalmente no preguntan si tienes hijos, sino cuántos. Si la respuesta, como en nuestro caso, es que no tienes hijos, la siguiente pregunta lógica es ¿por qué no tienen hijos? O ¿cuándo van a tenerlos?
Pareciera que para ellos no es natural ser un matrimonio sin hijos; estos son la consecuencia natural de la formación de una pareja. Muchas veces tuvimos que responder el mismo interrogatorio. En algunas ocasiones encontramos mucha empatía, pero otras veces encontramos respuestas muy duras y hasta ofensivas (para nosotros, seguramente para ellos no lo era así). En una ocasión, una hermana nos dijo: “es que ustedes no saben hacer hijos”. No recuerdo exactamente la respuesta que le dio mi esposo, pero sé que esas palabras quedaron rondando en mi cabeza por varios días y pensaba: ¡si ella supiera lo mucho que lo anhelamos!
Después de tener un poco más de confianza, algunas familias amigas se tomaron muy en serio la tarea de ayudarnos a concebir haciendo uso de sus conocimientos de medicina tradicional. En más de una oportunidad nos encontramos con que nos esperaban con un jarabe, medicina, toma o receta. Yo me las tomaba sabiendo que en las plantas Dios depositó muchas propiedades que han sido descubiertas y aprovechadas por los hermanos indígenas durante muchísimos años, y además interpretando cada medicina de esas como un gesto de interés y de amor de los hermanos hacia nosotros. Ellos anhelaban que nosotros pudiéramos tener hijos, siempre estaban preguntando si sus guarapos habían hecho efecto, si estaba embarazada, etc. Por eso, cuando Dios concedió nuestra petición estábamos ansiosos de poder contarles a nuestros amigos en las comunidades que finalmente estábamos esperando a nuestro retoño. Sabíamos que ellos iban a contentarse con nosotros, porque nos habían acompañado en la espera.
Tenemos la certeza de que los amigos que Dios nos ha regalado en las comunidades donde hemos servido se alegraron mucho con la noticia, y de hecho han estado muy pendientes del desarrollo del embarazo y del nacimiento de Marcela. Damos gracias a Dios por esas hermosas amistades que tanto apreciamos y oramos que el Señor nos permita visitarles junto a nuestra hija en un futuro no muy lejano.