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miércoles, 19 de agosto de 2020

La culpa: No es buena compañera

        Para algunos la maternidad comienza cuando el bebé nace, pero yo pienso que comienza en el instante que sabes que otra persona está siendo formada dentro de ti, porque desde ese momento muchas cosas comienzan a cambiar (no sólo físicamente), comenzamos a pensar cómo alimentarnos mejor para que el bebé nazca sano, hay algunas medicinas que no podemos tomar y algunas actividades que no podemos hacer o en las que debemos ser más cuidadosas.

Marcela en la panza. Nuestras ilusiones en su máxima expresión 


     Pero, es una realidad que el cambio más radical ocurre una vez que el bebé nace. Todo se hace más intenso. Descubrimos un amor diferente y profundo que no conocíamos. Sin embargo, rápidamente caemos en cuenta que estamos muy lejos de esa idealización cultural de la maternidad (y paternidad): No somos esa madre perfecta, cuya lactancia se le dio bien desde el inicio, que no “necesitó” ayuda, que tiene la casa inmaculada, que se maquilla y se hace manicure y cuyo bebé está siempre perfecto y hermoso. Pronto nos damos cuenta que esta tarea no es tan natural, sencilla e instintiva como pensamos. 

La realidad puede ser mejor que nuestra idealización de la maternidad. Es más sana y menos opresiva. 


    Es cuando, injustamente, comenzamos a compararnos con ese ideal inexistente en la realidad que aparece la culpa, una compañera totalmente perversa que puede arruinar nuestro viaje por la vida, no sólo en la maternidad. Tal vez estás pensando: No, yo no tengo problemas con la culpa. ¿Estás seguro? Observa esta lista con cuidado:

·         ¿Cualquier opinión o crítica te afecta?

·         ¿Magnificas o exageras todo?

·         ¿Ves errores donde los demás ven aprendizaje?

·         ¿Te disculpas constantemente?

·         ¿Sientes la obligación de satisfacer a los demás?

·         ¿Es difícil para ti decir que NO?

·         ¿Tiendes a callarte si algo te molesta?

·         ¿Tienes miedo a hacerle daño a los demás o a su rechazo?

·         ¿Tienes miedo de ser abandonado?

Esas son algunas de las manifestaciones cuando una persona está lidiando con sentimientos de culpa recurrentes. ¿Conoces a alguna mamá o papá que no haya sentido culpa? Tal vez no lo admita públicamente, pero creo que es algo con lo que todos los padres luchamos en este viaje. Sin embargo, tenemos que ser muy cuidadosos con ese sentimiento porque él puede arruinar nuestra caminata convirtiéndose en una pesada carga. 

Cuando la culpa aparece y no sabemos lidiar con ella, se convierte en un problema porque distorsiona la forma como nos vemos, nos evaluamos y nos valoramos s a nosotros mismos. Es muy nociva porque se convierte en un juez interno que está continuamente comparándonos con otras personas o con algunas idealizaciones que nosotros mismos hemos construido respecto a la tarea que llevamos a cabo, y en esas comparaciones siempre salimos perdiendo haciendo que el concepto que tenemos de nosotros mismos se deteriore poco a poco y, además la culpa no viaja sola. Ella está siempre acompañada por la tristeza, la frustración, impotencia y remordimientos. ¡Lindos compañeros de viaje!

Yo recuerdo que cuando Marcela tenía casi seis meses tuvimos que hacer un viaje muy largo hasta la ciudad de Armenia, en Colombia. El viaje fue por tierra y para no hacerlo directo que sería muy largo y cansativo, paramos para descansar en la ciudad de Cúcuta, pues ahí Marcela se enfermó, tenía mucha tos, estornudaba demasiado, hasta le dio fiebre. Después de tres días con la bebé enferma, comenzaron las dudas y los miedos ¿Por qué tuvimos que hacer este viaje? ¿Si estuviésemos en casa la bebé hubiese enfermado igual? ¿Si empeora qué vamos a hacer, si estamos en otro país? Seguimos nuestro camino, de hecho tuvimos que llevar la bebé al médico después que pasó una noche entera llorando (los que tienen hijos saben que el llanto puede llegar a desesperar). Esa noche la culpa asaltó mi mente y me tomó desprevenida: “Si nos hubiésemos quedado en casa, esto no estaría pasando. Es tu culpa que Marcela esté así, no debimos haber venido. Si le pasa algo peor tú serás la culpable”. Esos pensamientos eran muy fuertes y persistentes. Eran un tormento, en realidad. Gracias a Dios, Marcela comenzó a mejorar rápido y esos sentimientos se disiparon.

Seguramente ya lo has vivido, incluso si no eres padre. Cuando las cosas no siguen la ruta planeada, tratamos de encontrar dónde estuvo el error, y generalmente lo encontramos en nosotros mismos, y ahí es donde comienza la batalla.

Obviamente, no estoy hablando de llevar la vida con la filosofía de: “Cómo vaya viniendo vamos viendo”, o con un conformismo absoluto. Está bien plantearnos metas y objetivos y perseguirlos. Pero entonces, cuando algo sale de los planes perfectos que hicimos qué podemos hacer cuando la culpa nos asalte (ella va a venir, eso es seguro), cómo lidiar con esa desagradable visitante que quiere venir a instalarse en nuestra vida como residente permanente.

La culpa cuando es sana y se mantiene bajo control sirve para ayudarnos a darnos cuenta de un error cometido y a reparar el daño causado. El problema comienza cuando esa señora se manifiesta con excesiva frecuencia o intensidad porque pierde su función correctiva y pasa a ser una molestia.

Entonces, es muy importante cuando sentimos culpa, evaluar la situación e intentar aplicar la lógica y el sentido común (que a veces no es tan común). Retomando el ejemplo que coloqué antes, cuando Marcela se enfermó durante el viaje, es bastante obvio que carece de toda lógica cargar con culpa porque Marcela pegó un virus durante el viaje. Es algo que está fuera de mi control, además de que otras veces también se ha engripado estando en casa, entonces así puedo ayudarme a mí misma a ver en que no necesito cargar con una culpa que no me pertenece.

Ahora bien, si la evaluación da como resultado que efectivamente me equivoqué. No estuvo bien eso que hice. Está bien. El asunto está en no quedarse en la culpa y pasar a la responsabilidad. El remordimiento y la frustración por el error cometido no van a solucionar nada, pero yo puedo asumir la responsabilidad por el error que cometí, pedir perdón, resarcir, corregir, aprender y continuar. Por ejemplo, un día estábamos en una reunión especial donde se requería silencio, cosa que es casi imposible si tienes una niña de 18 meses, Marcela parecía que tenía demasiada energía ese día, canataba gritaba, quería correr, etc.  Lo cierto es que intenté por todos los medios calmarla sin conseguirlo, hasta que me sentí sobrepasada por la situación y me llevé a Marcela aparte y le hablé muy rudo. Ella obviamente no entendía lo que pasaba, se pudo a llorar, y yo también. La abracé, le pedí perdón por tratarla de esa forma (ojo: no le pegué, pero la traté duramente) y oré a Dios un momento para encontrar calma. Después que eso aconteció, hablé con Leover al respecto, quien estaba ocupado en el momento del episodio, y el acuerdo fue que cuando Marcela estuviera muy inquieta en alguna reunión, yo no iba a insistir en participar, simplemente la iba a tomar y saldría de ahí antes de volver a reaccionar de esa forma. Entonces, en este caso la culpa me asaltó pronto y de hecho me ayudó a ver que había obrado mal, pero en vez de darle largas y quedarme rumiando esos pensamientos, lo que hice fue evaluar la situación y ver de qué manera puedo evitarla en el futuro.

Entonces, ¿Te sientes culpable por tener que ir a trabajar y dejar tu bebé al cuidado de otra persona? ¿Te siente culpable contigo misma por dejar tu carrera para criar a tus hijos? ¿Te sientes culpable por no poder ofrecer a tus hijos todo lo que quisieras? ¿Explotaste y le gritaste a tu hijo? ¿Te sientes culpable por querer tener un día sin hijos? ¿Qué hacer con esa culpa? Intenta evaluar la situación racionalmente, si sientes que la culpa te está indicando algo para corregir, para mejorar, ¡bienvenida sea! Haces los ajustes a los que haya lugar y listo. Aprende a ver los errores como oportunidades para aprender lecciones muy valiosas.

En este punto, todavía conservaba algunos ideales perfeccionistas que he tenido que ir sacando de mi mente poco a poco

Saca de tu mente esa idealización de la madre perfecta, el padre perfecto, el hijo perfecto, etc., porque tal cosa no existe. Si mantienes expectativas idealizadas de ti mismo o de los demás, cualquier error va a ser enjuiciado y sentenciado. Recuerda: Sé amable contigo mismo, perdona tus errores, aprende de ellos y continúa.

La vida es un viaje ¡La culpa no es buena compañera! Hoy es un buen día para desalojarla de nuestras vidas y dar lugar a cosas mejores. 

lunes, 11 de noviembre de 2019

El miedo: Un compañero indeseado

    Supe que el miedo sería un acompañante indeseado en este viaje de la maternidad unos días después de saber que estaba embarazada. Fuimos al médico para confirmar el embarazo e iniciar el control del mismo y sólo recuerdo que tenía las manos heladas y sudaba, quería saber que todo estaba bien, y así fue en cada control, cada ecografia. Era una mezcla de emoción y susto. Quería estar segura de que todo seguía marchando como debía.
    Ni hablar del proceso del parto. Yo siempre dije que quería dar a luz de forma natural y leí mucho sobre eso, vi videos, etc., pero igual al pensar en eso sentía miedo. Era algo nuevo para mí, algo que además ha sido estigmatizado como horrible e insoportable (lo cual es irónico, porque miles de mujeres dan a luz cada día); también me asustaba la salud de Marcela en ese proceso, y la ansiedad de poder verla pronto se juntaba con todo. Al final, no fue un parto natural sino una cesárea, y no por eso pude estar libre de temores. Me sentí tan aliviada cuando la oí llorar y aún más cuando la vi por primera vez en manos de la pediatra que la recibió en el quirófano.

     Una vez que nació el miedo no desapareció, se multiplicó! Que si la bebé no se prende del pecho, que si no se alimenta en tres horas puede sufrir una baja de glicemia (hay opiniones al respecto) , que si no duerme lo suficiente, que si duerme demasiado, que si no hace popó, que si hace demasiado, y el etc es casi perpetuo. Todo es nuevo. Es una absoluta sobrecarga sensorial con todas las letras. Por más apoyo que se tenga, y yo lo tuve, ese compañero indeseado siempre aparece. Y no se va pasado el primer mes, ni el primer trimestre. Parece que cuando vas superando algunos, aparecen otros nuevos.
     Cada etapa viene con su paquete de miedos. Luego que pasan la lactancia, viene la alimentación y otra vez comienzan los consejos contradictorios que podrían enloquecer a cualquiera: que sin sal, que mejor con sal, que porqué le das brócoli tan pequeña, por qué no le haces una cremita de auyama, se puede ahogar!
    Más tarde, gatean! Sí, tú anhelabas que comenzara a gatear, pero en cuanto lo logra te das cuenta de que tu casa es todo lo insegura que una casa podría ser para un bebé, y si hay escaleras (como en mi caso) los miedos se aceleran cuando comienza a levantar la piernita para intentar subir.
    Casi al mismo tiempo que gateó, Marcela pudo pararse apoyada de los muebles y comenzaron las caídas. Mi corazón se acelera al máximo cuando eso pasa, pero aunque todavía se cae de vez en cuando, la verdad es que ellos aprenden muy rápido y desarrollan estrategias para superar cada etapa, y además Dios los hizo super resistentes! Él sabía que se caerían.
Ahora mismo está en el tiempo que se mantiene parada solita por algunos segundos y da algunos pasitos. Comenzó haciéndolo eventualmente, y cuando le celebraba el hecho ella se asustaba con mi celebración y se sentaba. Así que opté por no celebrar, solo la miraba cómo iba ganando confianza poco a poco. Ahora lo hace muy seguido, incluso ha intentado dar sus primeros pasos cuando algo de su interés se encuentra a un par de pasos de distancia. Sin presión, a su ritmo, y en cada hito mamá siempre se asusta un poco. Siempre es una liga entre susto y emoción. Susto porque podría lastimarse, y emoción porque la bebé de mami crece muy rápido.

Marcela comiendo Brócoli

Esta señorita ama trepar


Marcela y su amigo Rocco

Lecciones aprendidas:
  • El miedo siempre estará presente en cada etapa nueva, pero no tiene porqué dominar nuestras vidas. Es mejor disfrutar cada etapa, como lo que es, una ETAPA, y como tal es pasajera. 
  • El miedo, siempre que no nos domine, puede ser un buen amigo. Nos mantiene alertas! 
  • Puedo aminorar el efecto de este amigo indeseado con mucha información. Estar informada me ha servido como una escudo para luchar contra los miedos. Por ejemplo, alguien me dijo una vez que porqué le daba aguacate a Marcela (recién iniciaba su alimentación complementaria), que el aguacate era un alimento muy pesado para ella a esa edad. Yo oí su comentario, asentí para no ser grosera (acababa de conocer a esa persona) y me quedé tranquila, porque me había informado bien y sabía con certeza que Marce podía comer aguacate sin ningún problema. Y así podría poner muchos otros ejemplos en los que la información fue mi mejor amiga para tener confianza en que lo estaba haciendo bien.
  • Tener un grupo de apoyo, un grupo de mamás que compartan tus convicciones sobre la maternidad, es una maravilla. Con ellas puedes reír, consultar sin sentirte una tonta por no saber eso tan simple, llorar y hasta charlar por la noche cuando el bebé no quiere dormir y los suyos tampoco.
  • No puedo enfatizar lo suficiente la necesidad de tener un pediatra actualizado, informado y disponible para responder a las dudas de una mamá primeriza. 
  • Rodéate de personas que de vez en cuando te recuerden que eres una buena mamá y que lo estás haciendo bien.
  • Cuando veas a tu bebé crecer saludable y hermoso, como mi Marcela, te darás cuenta de que eres una excelente mamá. Perfecta? No, la perfección no existe, somos humanas, pero por el amor que tenemos a nuestros hijos lo estamos haciendo muy bien.

jueves, 26 de septiembre de 2019

La manta de la Esperanza

    Tal vez antes ya he contado un poco sobre lo que significó esperar la llegada de Marcela a nuestras vidas. No me refiero a los nueve meses de espera; ésta vez quiero ir un poco más allá y contar sobre los años que tuvimos que esperar hasta saber que Marcela al fin vendría. Me atrevo a recontar nuestra historia para animar a otras futuras colegas que están en ese mismo proceso de esperar.


     Cuando Leover y yo nos casamos en 2012 ya sabíamos sin dudas que queríamos tener hijos, pero también sabíamos que queríamos esperar un poco; eso de un cambio a la vez nos llevó a aplazar un poco la decisión ya que antes del primer aniversario salimos rumbo a Atabapo, y una vez allá, las carencias en los servicios de salud del pueblo nos intimidaron un poco así que seguimos esperando. 

     Recuerdo que en Octubre de 2014, estando en Atabapo, un pastor cercano y su esposa tuvieron un bebé. Cuando lo conocí y lo cargué, tan tierno, tan lindo, tan suavecito, supe que había llegado el tiempo: ¡quería tener un hijo!  Ese día se despertó en mí ese anhelo, y un par de meses después de hablarlo con Leover, dejamos de usar las pastillas y comenzamos a esperar.

Este pequeño es Óscar Josué, quien nos animó a ser papás. Una belleza. Hoy debe tener cinco años

    Los primeros meses esperaba a mi amiga mensual con la esperanza de que no llegara. Lo sé, es una contradicción esperar algo que no quieres que llegue, pero así funciona. Tal vez pasaron unos seis meses para que nos diéramos cuenta de que no iba a ser tan sencillo, o tan rápido como hubiésemos querido o esperado al principio. 

    Fuimos al médico para descartar algún problema de salud. Invertimos una buena cantidad de dinero en exámenes, pruebas y consultas. La conclusión de todo ese proceso fue que no había nada en nuestros cuerpos que nos impidiera concebir, todo estaba funcionando como debía. Cualquiera pensaría que eso nos daría tranquilidad, pero a mí me puso muy ansiosa. Si hubiese algún problema, podríamos "arreglarlo"; pero al no haber ninguno, debíamos esperar. 

     Esperar? Eso era lo menos que yo quería hacer en ese momento. Para este punto ya llevábamos un año de espera, y no era divertido. 

     En ese momento estábamos bastante ocupados con nuestro trabajo en ELÍAS, la extensión en Caño Bocón, Colombia, ya estaba andando y eso nos mantenía activos y trabajando, además de todos los retos que implicaba vivir en Atabapo (meses sin electricidad, hacer compras sin punto de venta, conseguir gasolina, etc.); en fin, había muchas cosas en que mantener puesta nuestra mente. Sin embargo, de vez en cuando yo me sentía un poco afligida porque lo que tanto anhelábamos no sucedía, a veces incluso lloraba. 

    En ocasiones me daba por pensar: ¿qué pasaría si en el plan de Dios no está que nosotros tengamos hijos? ¿Podré vivir con eso? La sola idea me aterraba. 

     Así transcurrieron dos años más, con algunas falsas alarmas que nos emocionaban por instantes y después nos dejaban el corazón roto. 

    En enero de 2018, me quedé sola en casa por unos días debido a que Leover tuvo que hacer un viaje a Atabapo (para ese momento ya nos habíamos mudado a la capital de Amazonas). Esos días fueron muy difíciles, me sentía muy sola, lloré mucho, oré también. Recordé que hacía un par de años habíamos comprado una lana blanca para tejer una manta hermosa para nuestro hijo, sin embargo nunca me había atrevido a empezarla. Me aterraba la idea de que la tejiera y después el bebé no llegara. 

    Pero en esos días de orar y llorar, más animada y con una fe renovada, tomé el hilo y la aguja de crochet y comencé a tejer. En tres días la manta estaba lista. Era hermosa! 

La manta de la Esperanza

    Fue como una terapia, después de eso me sentí más tranquila y puedo decir que hasta lo "olvidé", ya no estaba ansiosa por eso. Dos meses después, estaba sentada llorando mientras Leover gritaba de alegría con el sobre del resultado en su mano.

Esperando a Marcela

    Los nueve meses se embarazo los disfrutamos mucho (sinceramente, no los nueve, los dos primeros fueron terribles: llenos de náuseas y mareos) y el 9 de noviembre de ese año recibimos a Marcela en nuestros brazos. Unos días después estrenamos esa hermosa manta que fue tejida antes de que ella fuera concebida.

Marcela a los dos meses de nacida


     En fin, esta es mi historia. Una historia de aprender a esperar en Dios, quien tiene planes maravillosos para nosotros, superando nuestros sueños más locos. 

    El creador del universo diseñó a nuestra hija para bendecir nuestra familia. La envió en el momento perfecto para nosotros y ahora la disfrutamos cada día.

Nuestro regalo! 


    Así que, futuras colegas, si están en ese tiempo de esperar aprovéchalo para crecer como persona, para ser mejor esposa, mejor hija, haz lo que te guste más hacer, pero sobre todo no pierdas la fe. Cada oración ha sido escuchada y Dios que es bueno sabrá responder con bondad.


martes, 10 de septiembre de 2019

Abnegación y Sacrificio

     Hay dos palabras que culturalmente han sido asociadas a la maternidad: abnegación y sacrificio. Todos suponemos que una madre debe ser abnegada y que sacrificaría cualquier cosa por sus hijos. Una madre sin esas dos cualidades no es considerada una buena madre.
   
Ella y yo en su primera consulta con el pediatra
Según el diccionario la abnegación es la “renuncia voluntaria a los propios deseos, afectos o intereses en beneficio de otras personas". Esta definición resume muy bien lo que se espera de una mamá; se espera que una madre renuncie a lo que tenga que renunciar en beneficio de sus hijos, y todas mis queridas colegas estarán de acuerdo en que ese instinto materno que se activa cuando sostenemos a nuestro hijo por primera vez es tan fuerte que desde ese momento comenzamos a renunciar a muchas cosas por el bien de ese pequeño bebé: renunciamos a muchas horas de sueño y descanso, renunciamos a un baño largo, a comer lentamente, a emprender algunas cosas, a pasar tiempo con amigos, incluso a no hacer nada, y todo lo hacemos voluntariamente. Es lo que el instinto nos dice que debemos hacer, y está bien que sigamos ese instinto.
Nos quedamos dormidas juntitas

      Muchas de esas renuncias son en sí mismas algunos sacrificios, algunos más grandes que otros, pero sacrificios al fin. Sacrificar algunas horas de sueño no parece gran cosa, hasta que lo haces por diez meses seguidos y tu cuerpo parece que grita.
       Ahora bien, a algunas mamás les pasa que en esa abnegación y sacrificio pueden llegar a perderse como personas. La maternidad pasa a ser su TODO y las otras facetas de su vida, que todavía siguen ahí, son puestas en espera a veces por mucho tiempo.
     Puede que estés pensando: ¿Acaso la maternidad no te absorbe por completo? La respuesta es: probablemente sí! Depende del sistema de apoyo que tengas alrededor. Aunque, incluso con mucho apoyo la maternidad puede tragarte.
      No me malinterpreten. Yo amo ser mamá. Disfruto mucho tener a Marcela cerca de mí, alimentarla, cuidarla, jugar con ella, verla crecer. Es un trabajo especial y hoy día es un privilegio y una bendición poder cuidar a mi bebé en estos primeros meses cuando más me necesita. Sé que Dios me puso en una posición privilegiada de poder sembrar en mi bebé y verla brillar cada día. 
¿Cómo no amarla?
      De lo que hablo es de anular por completo otras facetas. Sé de primera mano que no vuelve a ser igual, no alcanza el tiempo ni la energía. Es un gran cambio; seríamos muy ilusos si pensáramos que las cosas no cambiarían con la llegada de la beba.
      Yo lo viví personalmente. Los primeros dos o tres meses de vida de Marcela yo estuve dedicada casi exclusivamente a cuidarla y me siento muy privilegiada por haber podido hacerlo. Pero llegó un momento en que estaba tan agotada que no tenía ganas de salir, dejé de hacer cosas que disfrutaba (excepto cuidar a Marcela), y eso me producía un estado de ánimo algo tóxico, como si resintiera mi nueva posición que me hacía perderme de cosas que me gustaban.
      Pero he aprendido (con un poco de trabajo) que algo de mi tiempo y de mi energía debe ser utilizado en hacer algo que me guste hacer, algún hobbie, algo que me produzca una sonrisa (y que no sea la ternura de mi Marce). Tengo que ser organizada para vivir todas mis facetas y no quedar en deuda con nadie, pero especialmente conmigo misma.
Mi gran apoyo, un gran papá
     He aprendido también que debido a esas expectativas de abnegación y sacrificio que pesan sobre nosotras, las madres, incluso llegamos a sentirnos culpables cuando pensamos que necesitamos un break, un rato sin el bebé, un descanso, ir a hacernos las uñas o a pasar un rato con una buena amiga poniéndonos al día. Pero no, no hay de qué sentirnos culpables. Lo necesitamos, todo eso! A veces, pensamos que es egoísta pensar en lo que necesitamos como personas, como mujeres, no sólo como mamás; el bebé se convirtió en nuestro sol y nosotros giramos a su alrededor. Pero no es egoísta darnos un pequeño gusto de vez en cuando, de hecho es saludable. Cuando tenemos esos pequeños espacios, funcionamos mejor como mamás, tenemos más energía y más paciencia para tratar con nuestro bebé que no entiende nada de lo que estamos pasando.
       Estoy aprendiendo que mientras me siento mejor conmigo misma, mejor mamá soy para Marcela. Tengo más paciencia y más ánimo para afrontar el día a día que, admitámoslo, puede ser una locura.
    Así que, queridas colegas de la maternidad, creo que es bueno pensar en esto, y tomar acción si fuera necesario. Por tu bien, por el bien de las relaciones interpersonales que debes llevar y especialmente por el bien de tu pequeño bebé. Tu salud integral también se traduce en su bienestar.

lunes, 22 de abril de 2019

Por primera vez en Amazonas

Marcela ha sido una niña viajera desde que tenía un mes de Nacida. Se estrenó yendo a San Felipe, en el Estado Yaracuy, y desde entonces ha viajado mucho.
En San Felipe, Estado Yaracuy
Sin embargo, fue hasta los tres meses que pudo visitar Amazonas. Ese es un viaje por tierra muy largo al que su papá y yo estamos acostumbrados, pero que esta vez sería diferente porque llevamos con nosotros nuestro regalito.
Emprendimos nuestro viaje con más equipaje que de costumbre porque llevábamos la cunita de Marce, su asiento para el carro, su maleta, además de nuestras cosas. Hicimos una parada en San Fernando de Apure para descansar y seguimos al siguiente día hacia nuestra casa en Puerto Ayacucho. 
El calor en el llano estuvo muy fuerte porque es época de sequía por estos lados. Gracias a Dios Marcela se portó como una campeona a pesar del calor y durmió gran parte del recorrido. 
Una vez en casa, Leover invirtió casi dos días limpiando y quitando el polvo de los cuatro meses que no estuvimos. Antes, cuando Marcela no estaba con nosotros, nos habríamos paso entre las telarañas e íbamos limpiando poco a poco, pero con Marcela no podíamos hacerlo así. 
Estos abuelitos amazonenses son un regalo de Dios. Ellos nos dieron asilo mientras la casa se ponía en orden, y vemos el amor de Dios a través de ellos.  
Cuando la casa estuvo lista, comenzamos a ponernos al día con el trabajo en la comunidad, fuimos a visitar a los hermanos para que conocieran a Marcela y Leover comenzó a planear las materias faltantes y el calendario de actividades.
A pesar de su edad, ella siempre tiene buen humor y su tranquilidad es la nuestra.

Ese día que fuimos con Marcela nos guardaron Simuto, gusano de moriche. Deliciosos! Sabe a chicharrón!





Marcela de visita en Cardenalito

 
El mes y medio que estuvimos allá transcurrió luchando con el calor que estuvo muy fuerte, pero Marcela se portó muy bien a pesar de los retos, incluido un apagón nacional que nos tuvo sin electricidad y sin comunicación tres días y medio. 
Marcela fue por sus vacunas del cuarto mes. Ese día no fue divertido.
Durante ese mes disfrutamos de los abuelos amazonenses de Marcela, de los hermanos de la iglesia, le pusimos las vacunas de los cuatro meses (del lado colombiano de la frontera), le comenzaron las molestias en las encías y se dio vuelta ella solita por primera vez. Realmente nos sorprende lo despierta que es. 
Marcela es una niña única, enviada del cielo especialmente a estos padres trotamundos. Ella se adapta muy bien (acorde con su edad) y nos enamora cada día con su sonrisa y su buen humor. Si ella sonríe, la tierra sigue girando. 
Esta es la sonrisa que nos hace suspirar.
El viaje de regreso fue más intenso aún porque lo hicimos en un solo día, el calor terrible y Marce que quiso pasar todo el viaje pegada en el pecho. Pero sobrevivimos.
Una aventura de muchas que tendremos en el futuro.
No sabemos lo que Dios nos tiene preparados, pero sí sabemos que estaremos juntos en cada paso.