Mi
esposo Leover y yo hemos servido en comunidades indígenas durante más de cinco años., y este tiempo ha sido muy especial para nosotros, durante el cual hemos aprendido mucho de las
diferentes culturas con las que hemos interactuado, además de que hemos hecho
muy buenas amistades con muchas de las familias con quienes hemos servido.
Una
de las primeras cosas que uno aprende cuando se desenvuelve entre las comunidades
es que la familia tiene un papel fundamental para ellos, y además que éstas suelen
ser muy numerosas (aunque pareciera que esa tendencia está comenzando a cambiar).
En
la mayoría de los casos, dos personas muy jóvenes se juntan para formar una
familia, y muy rápido comienzan a tener hijos. Como en la mayoría de las
culturas no occidentalizadas, el tener hijos es muy importante para cada
matrimonio; de hecho, no tenerlos puede ser interpretado como un veto de la
naturaleza, como algo negativo, todo desde su forma de ver el mundo. Cuando ocurre que
pasado el tiempo una pareja no puede tener hijos surgen ciertas preguntas: ¿Por
qué no pueden tener hijos? ¿Qué han hecho que no se les ha dado hijos? ¿No
saben hacer hijos? ¿Qué pueden hacer para comenzar a tener hijos?, etc.
Cuando nosotros
comenzamos a viajar a las comunidades y a trabajar entre ellos, notamos que el
hecho de ser un matrimonio que servía juntos era una gran puerta abierta. Si
alguno de nosotros hubiese llegado siendo soltero a hacer el mismo trabajo, las
oportunidades no habrían sido las mismas. Por un lado, el hecho de estar casado
te da una especie de autoridad entre ellos, pero por otro lado surge una pregunta
lógica ¿cuántos hijos tienen? Normalmente no preguntan si tienes hijos, sino
cuántos. Si la respuesta, como en nuestro caso, es que no tienes hijos, la
siguiente pregunta lógica es ¿por qué no tienen hijos? O ¿cuándo van a tenerlos?
Pareciera que
para ellos no es natural ser un matrimonio sin hijos; estos son la consecuencia
natural de la formación de una pareja. Muchas veces tuvimos que responder el
mismo interrogatorio. En algunas ocasiones encontramos mucha empatía, pero
otras veces encontramos respuestas muy duras y hasta ofensivas (para nosotros,
seguramente para ellos no lo era así). En una ocasión, una hermana nos dijo: “es
que ustedes no saben hacer hijos”. No recuerdo exactamente la respuesta que le
dio mi esposo, pero sé que esas palabras quedaron rondando en mi cabeza por
varios días y pensaba: ¡si ella supiera lo mucho que lo anhelamos!
Después de tener
un poco más de confianza, algunas familias amigas se tomaron muy en serio la
tarea de ayudarnos a concebir haciendo uso de sus conocimientos de medicina
tradicional. En más de una oportunidad nos encontramos con que nos esperaban
con un jarabe, medicina, toma o receta. Yo me las tomaba sabiendo que en las
plantas Dios depositó muchas propiedades que han sido descubiertas y aprovechadas
por los hermanos indígenas durante muchísimos años, y además interpretando cada
medicina de esas como un gesto de interés y de amor de los hermanos hacia
nosotros. Ellos anhelaban que nosotros pudiéramos tener hijos, siempre estaban
preguntando si sus guarapos habían hecho efecto, si estaba embarazada, etc. Por
eso, cuando Dios concedió nuestra petición estábamos ansiosos de poder contarles
a nuestros amigos en las comunidades que finalmente estábamos esperando a
nuestro retoño. Sabíamos que ellos iban a contentarse con nosotros, porque nos
habían acompañado en la espera.
Tenemos la
certeza de que los amigos que Dios nos ha regalado en las comunidades donde
hemos servido se alegraron mucho con la noticia, y de hecho han estado muy
pendientes del desarrollo del embarazo y del nacimiento de Marcela. Damos
gracias a Dios por esas hermosas amistades que tanto apreciamos y oramos que el
Señor nos permita visitarles junto a nuestra hija en un futuro no muy lejano.


No hay comentarios:
Publicar un comentario